domingo, 26 de julio de 2009

Pedro y Juan no tenían un mango

Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la hora nona. Había un hombre, tullido desde su nacimiento, al que llevaban y ponían todos los días junto a la puerta del Templo llamada Hermosa para que pidiera limosna a los que entraban en el Templo. Este, al ver a Pedro y a Juan que iban a entrar en el Templo, les pidió una limosna. Pedro fijó en él la mirada juntamente con Juan, y le dijo: «Míranos.» El les miraba con fijeza esperando recibir algo de ellos. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar.» Y tomándole de la mano derecha le levantó. Al instante cobraron fuerza sus pies y tobillos, y de un salto se puso en pie y andaba. Entró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo le vio cómo andaba y alababa a Dios; (hch 3,1-9)
Cada vez que leo o escucho esta cita, pienso en aquel paralítico, postrado, mirando a todos desde abajo. A su lado habrán pasado los poderosos, los humildes, los ricos, los pobres… pero él, siempre debajo de todos mirando a todos desde abajo, recibiendo lástima algunas veces, compasión en otras, indiferencia muchas veces, burlas en otras. Quizá agresiones físicas o psicológica. Desvalido, vulnerable como el peor, estando cerca del templo pero no pudiendo llegar hasta él.
Pienso cuántos estarán ahora igual que él, dando lástima, tullidos de cuerpo y mente o tullidos de corazón. Y a veces no solo son aquellos que están en algunas esquinas o en semáforos, o la pobre mujer que abandonó su país lejano y vive en la calle con uno, dos o tres chicos pidiendo dinero para ellos… no. No tan solo ellos, inculpablemente pobres. No tan solo los chicos, abuelos y gente sin trabajo que dan vueltas por comedores, merenderos y cuanto plan de asistencia social gratuito haya, reclamando aunque más no sea un poco de dignidad de sus congéneres humanos, que tratan mejor a los animales mascotas que a uno de la misma condición. Me refiero también a los tullidos de alma, que sufren soledad, indiferencia, injusticia social, que sufren la droga, los vicios, que sufren indignidad y vejámenes de todo tipo, que sufren torturas psicológicas, desesperanza, falta de trabajo…
Y me pregunto: ¿que hubiera pasado si Pedro y Juan tenían dinero? Seguramente aquel paralítico iba a comer ese día y esta historia jamás se hubiera contado.
A veces parece más fácil, dentro de lo difícil que está todo, meter la mano en el bolsillo y callar nuestra conciencia, dando dinero a aquel que nos pide, o despachando rápido a aquel que parece molestar , o participar en alguna movida solidaria, o ser protector de algún comedor… ¡que gestos tan loables!… pero pienso en el tullido, pienso en Pedro diciéndole MIRAME….pienso en su falta de dinero, que le permitió darle algo mucho mejor: la vida, lo que tenía en el corazón, darle a aquel que le llenó de felicidad, darle la salud, darle cariño amor, y ternura expresado en ese gesto de “mirame”.
¡Cuántas cosas podemos hacer en nuestra vida aun sin dinero! ¡Cuanto entregamos a los demás! A veces pensamos tontamente que Dios nos castiga por nuestra falta de medios económicos, y juramos que ayudaremos solamente cuanto estemos bien económicamente…
A cuantos ayudamos con solo decir: miráme, te tengo una noticia maravillosa: Jesús te ama, levantate comenzá a caminar, dejá la parálisis que ataca tu vida, metele con esperanza, hay un mundo mejor, la vida esta hecha para ser feliz, Dios quiere tu bien, si él esta contigo ¿quien podrá contra ti?, la vida es bella y merece ser honrada… uf… quizá con plata nos faltaría el inmenso sabor de ayudar de corazón… o no…
También pienso en todos los “pedros y juanes” que sin un peso en el bolsillo deshacen su vida gastándola en ayuda de aquellos que más lo necesitan… y que no solamente le ayudan al estómago… le ayudan a ser feliz…
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