martes, 4 de agosto de 2009

mi silla

Quizá para entender lo acontecido aquella mañana, sea bueno volver unos meses atrás de aquel hecho.
Muy poco trabajo. La situación del país era crítica. La hiperinflación había arrasado con muchos sueños de independientes como yo que la luchaban y la luchan todos los días sin tener la certeza de un ingreso fijo por mes. Me quedé sin trabajadores. A uno por uno les fui diciendo que ya no había trabajo…
Fueron meses de mucha ansiedad, de mucho sufrimiento.
Escuchar por las mañana que salían mis hijos al colegio llevados por su mamá que trabajaba en el mismo colegio, era para mí, un golpe diario, sentía vergüenza, desazón, me sentía inútil. Ella trabajando y yo sin nada o casi nada. Cuando se cerraba la puerta de casa y me quedaba sólo, sentía un hueco interior muy difícil de explicar. Era tiempo donde ni siquiera había muchos medios de internet que por lo menos me dieran la salida de comunicarme con el mundo.
Levantarme a las siete y tener por delante muchísimas horas para nada…era muy pesado. Sentía que nadie me necesitaba y eso para un hombre de trabajo es quizá la peor humillación aunque nadie lo vea.
Aprendí a valorar el trabajo como nunca antes lo había hecho. Me molestaba cuando los viernes escuchaba a locutores de radio decir: gracias a Dios es viernes… viene el fin de semana… y cuando los lunes decían: que bronca, otra vez lunes… a comenzar de nuevo. Y sentía rabia porque yo no tenía trabajo y ellos que lo tenían, sentía que no lo valoraban, que renegaban de él…
Lo único que me quedaba era visitar una obra a cuatro cuadras de mi casa, donde tenía un solo obrero trabajando. Allí, en la casa de las hermanas del Buen Pastor, hay una iglesia muy bonita que dos años atrás habíamos arreglado y embellecido.
Aprovechaba esa visita para llegar a hablar con Jesús… y uno tras otro día me quedaba diez o más minutos en su presencia. Y a medida que el tiempo pasaba y “no pasaba nada” y los nervios me comían por dentro, mi diálogo ( o monologo) con él era cada vez más subido de tono y no había vez que no le achacara mi falta de laburo… vos me dijiste que si busco el reino de los cielos, todo lo demás…, que ni un cabello cae de mi cabeza… que mi padre ve todo… y? mirá como estoy… dando lástima…
Y al otro día lo mismo… vos me dijiste lo de la viuda que molesta hasta que obtiene lo que quiere… vos me enseñaste el padre nuestro…SOS UN MENTIROSO… me engañaste todo este tiempo…
Día tras día… semana tras semana…

Un día, parece que se hartó de mis quejas.

Era lunes. Abrí la puerta de la iglesia desde el convento (siempre estaba sin llave) no había nadie como siempre a esa hora. Ni me acerqué al sagrario… le dije unas cuentas cosas y me fui…bah… me estaba yendo… cuando sentí algo así como VENÍ … mire hacia el altar y frente al sagrario había una silla justo enfrentado al mismo… me acerqué pensando que era parte como un delirio propio de mi estado de ansiedad… sentí algo así como SENTATE… cerré los ojos y por un momento escuche una voz que me decía PODES AGRADECER TODO LO QUE TENÉS?... y un poco por dejarme llevar por esto, comencé a agradecer todo lo que tenía: mi papá, mi mami, mi esposa, mis hijos, mis suegros, mis amigos… comencé a nombrarlos a todos sabiendo que si me pasaba algo malo se pondrían tristes… seguí por todos aquellos que de una u otra manera eran allegados a mi… luego por lo material, después por mi inteligencia, por mi voluntad, por mi salud, por estar entero de cuerpo porque no me falta ningún órgano ni miembro…
Pasó como media hora… con lágrimas en los ojos no dejaba de agradecer todo lo que hasta ahí, El, la vida, la naturaleza me había dado…
Me sentí con mucha vergüenza de haber estado pidiendo y pidiendo sin sentido cuando me lo daba todo… en ese momento sentí un alivio muy grande…me liberé. Salí feliz de ahí. Tenía ganas de abrazar el sagrario…
A partir de entonces, cada vez que entraba a la iglesia, decía GRACIAS… y gracias también por lo que su providencia me regalará, gracias por el día que me da gracias por poder sonreír y ver el sol.
Y así fue que las cosas fueron cambiando. Tenía manos, brazos y piernas. No me iba a morir de hambre. Tenía inteligencia. Podía programar. Comencé a hacer tareas en mi casa, silbando cantando… y las cosas fueron cambiando.
Un año después charlando con un curita, me dio a leer una reflexión. Cuando terminé de leerla, le dije al padre: padre, acabo de entender mi vida del año pasado.

“Un hombre encontró el capullo de una mariposa. Un día, un pequeño orificio apareció. El se sentó y observó a la mariposa por varias horas mientras ésta luchaba con su cuerpo por salir a través del pequeño agujero; parecía no lograr ningún progreso a pesar del esfuerzo.

Ante tanto esfuerzo, el hombre decidió ayudar a la mariposa. Tomó una tijera y cortó lo que quedaba del capullo.
La mariposa emergió fácilmente, pero tenía el cuerpo hinchado y las alas pequeñas y temblorosas.
El hombre continuó observando a la mariposa porque esperaba que en cualquier momento las alas se agrandaran y extenderían, para poder sostener el cuerpo que luego se comprimiría.
Nada sucedió. En realidad la mariposa continuó girando con su cuerpo hinchado y alas temblorosas. Nunca pudo volar.
Lo que el hombre en su bondad y ansiedad no entendió fue que el capullo resistente y la lucha de la mariposa para salir por el pequeño orificio era la forma en que Dios sacaba el líquido del cuerpo de la mariposa para humedecer las alas y estar listas para volar y poder salir del capullo.

A veces las luchas son exactamente lo que necesitamos en nuestras vidas. Si Dios nos permitiera ir sin obstáculos a través de nuestras vidas, esto nos haría más débiles; no seríamos tan fuertes como podríamos ser.
Nunca podríamos volar.

Le pedí fortaleza y Dios me dio dificultades para fortalecerme.
Le pedí sabiduría y Dios me dio problemas para resolver.
Le pedí prosperidad y Dios me dio cerebro y empeño para trabajar
Le pedí coraje y Dios me dio peligros para superar.
Le pedí amor y Dios me dio gente problematizada para ayudar.
Le pedí favores y Dios me dio oportunidades.

No recibí nada de lo que quería.
Recibí todo lo que necesitaba”

Hoy, cuando estoy mal, me acuerdo de mi silla. Y aunque muchas veces las preocupaciones son muchas, cuando la angustia quiere ganar a la serenidad, doy gracias de Dios, y me sale como una muletilla: Gracias Señor, estoy en tus manos…
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