lunes, 31 de agosto de 2009

Perdoné?...la vida me perdonó
Hace unos seis años tuve la dicha de participar de unos retiros Ignacianos de la Vida Diaria. . Yo me decía a mi mismo:¿ para qué me hace falta comulgar con la Palabra? Si casi comulgaba todos los días y con eso me bastaba…
Pero fueron avanzando las semanas y me fui enamorando de la lectura de la Palabra de Dios. No sé…había un dialogo que Jesús me estaba reservando para mi y yo no lo sentía asi.
Más o menos pasando la mitad del tiempo, me encuentro con el tema del perdón. La verdad que me dije a mí mismo: otro tema que no me hace falta… en esto estoy superado. No tengo qué perdonar, no encontraba a nadie a quien perdonar, no había personajes que me hubieran hecho mal. Me sentía en ese sentido armónico y superado. ¡Pobres aquellos que sufrieron violaciones, humillaciones golpes, asesinato de seres queridos ¡¡ esos si que deben tener un entramado en el corazón! Yo? …no… poca cosa…tonteras..Pero , me decía, ya las perdoné. Por lo menos eso creía…
Pero la señora que nos hacía de guía de los retiros nos decía: reconciliarse consigo es acabar con todas las comparaciones…. Reconciliarse consigo mismo es reconciliarse con las heridas del pasado porque si uno no lo hace, esta condenado a trasladar las heridas que ha recibido a los demás o a herirse a si mismo una y otra vez. Reconciliarse a si mismo es reconciliarse con la propia historia vital: decir si a mi vida…
Y ahí juro que entré a pensar. Me decía: ¿Por qué me comparo tanto con otros que han tenido distinto éxito que yo?. ¿Por qué estoy siempre disconforme con la vida que llevo? En principio creía que era por mi corazón disconforme y en búsqueda…
Porque cuando me pongo mal o algo me sale mal me las agarro con los otros?
Y comencé a buscar desde mi infancia algunas cosas que parecen, condicionaron mi vida:
Mis padres me criaron en la responsabilidad, quizá no me dieron tanto afecto, no hubo tantas caricias. Es más, recordaba sólo una vez que mi mamá me acarició la cabeza .Era cuando me hice el dormido y ella me defendía de lo que mi abuela pensaba de mi en una metida de pata mía. Mis hermanos (yo soy el tercero) me hacían a un lado pues eran cinco años mayores (cosa normal que sucede en todas las familias…). En el colegio me vivían comparando con los otros y cada vez que comenzaba el año tenía que ponerme en campaña para que los demás no se dejen guiar por la cara de “pícaro” como decían que yo tenía. Quería ser mayor para tener la consideración de algunas de las chicas en el nacimiento de mi adolescencia, pero no me daban ni la hora. Cuando joven había tenido algunos encontronazos con mayores que me querían ordenar la vida y me trataron con mucha humillación y aunque eran cosas menores, en el momento inoportuno que lo hicieron, me marcaron para siempre.
Eran cosas menores… pavadas… nimiedades, pero que de alguna manera marcaron a fuego mi vida. Que haya recibido poco afecto de chico ¿me hacía necesitado de afecto? ¿Necesitaba el afecto de los demás para ser feliz? Le estaba haciendo pagar a los demás mi historia.
Que me compare con los otros ¿era por no quererme ni valorarme? Por no aceptar mi historia, mi suerte? ¿Mis circunstancias? Y si…
Mis miedos era por la inseguridad que me daban mis hermanos que en vez de protegerme querían desprenderse de mi a toda costa? Y puede ser… quizá no tenía quien me defienda cuando chico…
La ansiedad permanente ¿podía ser consecuencia de tener que vivir demostrando a los demás lo que yo era y que no tenía nada que ver con lo que eran los demás? Y…capaz que si.
Mi necesidad que hacer bien las cosas eran por compararme con los demás?... vaya… que poco amor propio… y que desgastante lucha contra enemigos fantasmas.
Y yo… el superado, el seguro de mi mismo comencé a ver un montón de pequeñas cositas que me hicieron que sea de una manera que ciertamente no me convencían y que me producían mucha ansiedad y fastidio.
Había algo que hacer… alguna tarea que realizar…algo que me permita liberarme…
Comencé por perdonar a mamá y papá, a quien yo decía amar sobre todos… perdoné a mis hermanos, perdoné a mis maestras a mis tíos. Me dije a mismo: ya está… el pasado no lo puedo cambiar… ¿Por qué vivir esperando una venganza propia o de la vida? Eso desgasta y enferma.
Me repetía insistentemente la oración que nos dieron y que para mí era un bálsamo que me preparaba para mirar el futuro:

Señor, dame la gracia de perdonar así como Tu me perdonas. Señor: yo perdono a... por tales cosas... por tal situación...Le declaro inocente y libre de toda culpa. Bendícelo. En tu corazón misericordioso reúnenos y permítenos darnos el abrazo de la paz y la reconciliación.
Te ruego, Señor, que sanes mis memorias afectiva, visual, auditiva, gustativa, táctil y de la piel. Sana también la memoria de todas mis células.
Acuérdate, Señor, de mis heridas: la rabia, el miedo, la impotencia, la vergüenza, la soledad, etc., que sentí en aquel momento. ¡Sáname, te ruego!
También enséñame, Dios mío, a convivir con las buenas y nuevas conductas que me darás. Te agradezco, Señor, por el don del perdón.
AMEN.
Me di cuenta, primero, que tenía cosas encarnadas en mi vida a nivel del inconsciente que yo ni sabía que estaban, y que me habían hecho de determinada manera.
Me di cuenta segundo, que sólo no iba a poder, que necesitaba la fuerza de lo alto, que el perdón (aun en las nimiedades mías) me tenía que venir de lo alto.
Hoy en mi billetera tengo una oración igual a esta pero con nombres y apellidos. Eso me da mucha paz porque se que también el perdón es una lucha.
Hace unos años cuando murió mi papá, tuve a sensación que lo había perdonado de cosas que ni él sabía que me había lastimado. Y pude decir sencillamente: te amo papá, así sin tapujos ni mentiras.
Siempre renegué de los que decían: hay que perdonar y olvidar… no puedo olvidar porque soy inteligente… pero si librarme de las pequeñas cosas que me atan a un pasado que me condiciona a ser de una determinada manera.
Hoy me siento mucho más libre. Si, he perdonado, pero me queda la sensación que la vida misma me dio la posibilidad de recomenzar una nueva vida con el corazón limpio y sin rencores.
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