jueves, 7 de enero de 2010

HISTORIA DE NAVIDAD

Era el 24 de diciembre a las 15 hs. Yo me disponía a recostar un ratito, pues sino a la noche iba a estar mal, con sueño, cansado, y quería estar bien, de buen ánimo, de mejor humor.
Uno de mis hijos me llamó a mi escritorio: Papi, te buscan... yo pensé para mis adentros, será alguien conocido que viene a saludar para las fiestas... pero a ésta hora...
Fui a ver, y algo me sobresaltó. Era un muchacho, al que no conocía físicamente, pero que tenía algo en su mirada... no sé... había algo muy profundo en sus ojos. Será que toda mi vida desde la adolescencia pensé en aquel muchacho que se encontró con Jesús una tarde, bueno él y que sin embargo no se animaba a desprenderse de algo suyo, y cuenta el evangelio que Jesús lo miró y lo amó... y siempre me imaginé su mirada, ¿cómo sería? ¿Qué tendría de particular? ¿Cómo sería esa mirada de Jesús? ¿Cómo hacer para reproducirla hoy?... Volví en mí, y me volvió a sorprender aquel muchacho. Parecía bohemio, pero tenía mucha claridad en sus ojos, en sus gestos. No parecía uno de esos Hippies que a veces por ser rebeldes entrar en la tontera de su falta de higiene y no por no contar con los medios, sino por opción personal...
Me pidió un vaso de agua, y yo a regañadientes le acerqué un vaso de soda fresca, pero la verdad que quería que se fuera rápido, tenía que dormir...
Salí a darle un vaso de agua y debo confesarlo,... esa mirada... Había algo. No me parecía peligroso, me pidió pasar... y con muchas reservas de parte mía, entró a mi casa. La pucha, me dije, tan grande que soy... si me pasa algo como hago para explicar que lo dejé entrar porque me conmovió su mirada...
Nos sentamos en el living. Le dije: perdoná el despelote que tengo... pero mis chicos entraron en vacaciones y me desordenaron todo... No importa, me dijo, me siento en el rincón del sillón, ahí estoy bien. Un lugar hay para sentarse.
Miró para todos lados... a un costado estaba el pesebre...
“El pesebre,” me dijo...
“Lo hicimos con los chicos el 8 de diciembre”, contesté...
“Tiene musgo, me dijo... en aquel tiempo, en aquel lugar era todo tierra, piedra, por la zona, ¿viste?”…

“¿Con quién pasarás esta noche?”, me preguntó.
“Con parte de mi familia”, les dije.
“¿Mucho problema para decidirte?”
“Más o menos, lo de siempre...”
“¿Y para comer?”
“Cada uno pone lo suyo, el pollo, el chancho, los dulces...”
“¿Digo, se pelearon para decidir?”
“Lo de siempre, unos ponen más otros menos, nunca nos ponemos de acuerdo. Algunos regalan cosas grandes, otras cosas chicas, y los chicos creen que Papa Noel es injusto y le da más cosas a los que tienen más plata...”
“¿Te cansás en las fiestas?”
“Mirá, la verdad que no veo la hora que pasen, porque es un gastadero de plata, es para pelearse con los familiares, es para comer demasiado y tomar... ni te cuento... al final necesitamos tres o cuatro días para recuperarnos...”
“¿Y Jesús?”
“¿Qué tiene?”
“Va, digo... es Navidad...”

“Y vos , le pregunté,... ¿ con quien la pasás...?”
“En casa con mi vieja y unos chicos.”
“¿Unos chicos?”
“Si, changuitos que al llegar a tu casa encontré por ahí: Andrés, Pantera, el conejo y su papá, el loco del perro...”
“¿Y que van a comer?”
“Algo, pizza, ya veremos.”
“¿¿¡¡Pizza??!!!,”
“si, si la cuestión es compartir un poco...”
“¿¿¿Vos crees?”
“Y mirá, en el rostro de cada niño que sufre soledad o desamparo, en cada borracho despreciado, o en cada anciano olvidado, ahí está Dios. En cada niño que teniendo padre y madre, no saben de su cariño, en cada joven que tiene de todo, pero le falta ideales, compromiso, autenticidad, esperanza, ahí está Dios. En cada loco, o en la mirada perdida de un drogadicto, ahí está Dios, en la carita llena de amor pero con ojos perdidos de un discapacitado ahí está Dios, y en la medida que compartamos lo que tenemos, estaremos compartiendo el pan con el mismo Tatita. Y siento tanto dolor por aquellos que se empachan y emborrachan festejando no sé que cosa, como por aquellos que sufren abandono, soledad. Cuántos hay que en esta noche, pasaran solos.. Cuantos niñitos en las salas cunas esperando el pan del cariño, cuantos ancianos que se dormirán temprano, esperando una canción o un abrazo, o una sonrisa... Cuántos abuelos en nuestras casas, esperando también ellos, la atención de los nietos o hijos... y uno a veces tan metidos en los cohetes o en los regalos...
Pero también cuantos hay que pedirán un vaso de agua y se lo darán como hiciste vos conmigo...”
.......
a medida que hablaba, comencé a adquirir conocimiento de aquellos ojos, y con mi cara entre las manos, humedecida por el llanto me acordé del joven rico... me acordé de Emaus, y cuando levanté la vista para pedir a aquel muchacho que se quedara y que venga con sus “amigos” a compartir mi mesa, a pesar del “qué dirán”, ya no estaba, desapareció... y me volví a acordar de los muchachos de Emaús, y se me abrieron los ojos... a aquellos se le abrieron en la fracción del pan... a mi, cuando me enseñaron a compartirlo, y todo, como en aquel entonces, adquirió sentido...
Sus palabras... ahora las entendía... Miré el pesebre y lo vi muy lleno de cosas, y entendí el mensaje de pobreza, pero de sabiduría de la gruta de Belén. Entendí que no hacen falta tantas cosas para ver nacer a Jesús. Qué no hace falta la luz, o las guirnaldas, o los adornos con que llenamos nuestra vida. Que no hace falta tanto banquete, o bebida o noche de joda para después de las 12. Hace falta el silencio de la noche y la luz de las estrellas, y hace falta el amor representado en María y José. Hace falta aprender a compartir, a “sentir” y darme cuenta de la mirada desesperada de muchos jóvenes, de los chiquitos que andan por la calle pidiendo pan y amor, de los abuelos, seres despreciados por muchos, y también la mirada de los que están a la vuelta mía, tratando de recibir algo de amor, de simpatía de mi tiempo, de mi corazón. Que hace falta desierto en nuestra vida, que hace falta limpiar el corazón de rebusques o de “poses”, que hace falta aprender a cobijar, a proteger, a gozar de las cosas de Dios. ¡ De cuántas cosas nos hemos rodeados, y cuántas cosas son realmente necesarias!!!

Miré el “despelote” y me acordé de las palabras del visitante: aquí tengo un lugar... y me dije a mí mismo las veces que eché la culpa a los otros de la suciedad de mi corazón y sin embargo, El, vino, me pidió entrar, yo se lo permití y buscó un único lugarcito que había disponible y desde ahí me llegó hasta lo más profundo...
Creo que me estaba olvidando de Jesús en Navidad... y El me dio la gracia de mirarme... SI, ERA ÉL, me miró y me pidió que vendiera tantas cosas que me sobran y que lo siga.
La vida cambió de sentido. Mi Navidad fue distinta: estuvo Jesús... y a la noche, Jesús volvió, pero volvió en mi familia, a los que ahora “miré” con otros ojos. Y al otro día “miré” a tantos Cristos caminando por las calles y que necesitaban de mi amor, mucho más que las imágenes de un pesebre.
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