jueves, 1 de abril de 2010

LUNA LLENA

El domingo me quedé un rato largo viendo la luna surgir por el éste y peleando con algunas nubes que impedían que brillara con toda su majestuosidad de casi luna llena lunes 29, entró la luna llena). Maravillosa, impresionante, y no es más que un satélite sin luz propia, cuya luz procede del sol, que ilumina de pleno su cara visible y nos da ese maravilloso faro que brilla sobre nuestras cabezas.
Pensé también en el gran invento del hombre que son los satélites artificiales, esos que lanzados al espacio nos permiten comunicarnos por un modo de espejo: la señal sale, choca con el satélite y va a los lugares más recónditos del planeta, al instante.
Y pensé por un momento que esa maravillosa luna, es la misma luna que acompañó al pueblo judío en aquella noche que decidieron salir de Egipto guiados por Moisés. Porque si bien eso ocurrió hace 3200 años, la luna sigue siendo la misma y es la misma fase lunar porque celebramos Pascua la primera luna llena después de que comienza otoño en nuestras latitudes o primavera en el hemisferio norte. Quizá la atmosfera era mucho más diáfana que hoy, porque no había contaminación de fábricas, motores, no había smog, por lo que aquella luna fue un faro perfecto… mejor dicho, esta luna, fue un faro perfecto para aquel pueblo. Solo basta con ir a pueblos del interior donde no hay “tanta ciudad” para disfrutar de una hermosa noche de luna llena que te deja ver la cara del que está a tu lado.
Y pensé que es aquella misma luna que iluminó a Jesús aquellos días en que Él se aprestaba a celebrar la Pascua con sus amigos. Es la misma luna que iluminó el huerto de los Olivos cuando fue a rezar. Es la misma luna que ayudada por antorchas, iluminó a los que lo traicionaron. La misma luna que alumbraba esas noches que pasó el Señor esperando en vela que algún tipo decida su suerte, amarrado sus pies y sus manos, ante la burla de los que lo esposaron.
La misma luna que estuvo el jueves antes de que muera, iluminando los últimos minutos de Jesús. La misma luna que no pudo ver el viernes, el día en que murió, y que en realidad no vieron ninguno, porque como dice la Palabra, una gran oscuridad cubrió la tierra.
Y así como los satélites, nos sirven para comunicarnos entre los hombres al instante, por un momento pensé que esa luna podría ser un satélite del tiempo, y que viendo a ella, me mostrara con mayor exactitud aquellos momentos grandiosos de nuestra vida primitiva: el paso por el mar, y los últimos momentos de Jesús con nosotros.
Ojalá que todos pudiéramos hacer volar nuestra imaginación y darnos cuenta que la luna que hoy tenemos encima nuestro, es la mismísima luna que alumbro a Jesús, que alumbró a María, que alumbró las travesías de Juan el Bautista, que alumbró a los judíos hace tanto tiempo. No hay otra luna, es la misma.
Que estos días podamos contemplar esa luna bendita que nos hablará de esos momentos difíciles ,crueles por los que pasó Jesús, pero también nos dirá como fue la noche del Sábado y la madrugada del domingo, cuando ella se estaba escondiendo y vio salir triunfante a Jesús del hueco de la tierra, glorioso, blanquísimo, radiante.
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