miércoles, 20 de julio de 2011

Mateo 12,38-42.

Mateo 12,38-42.
Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: "Maestro, queremos que nos hagas ver un signo".
El les respondió: "Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás.
Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.
El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás.
El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón

¡Qué personajes estos dos!. La Reina del Saba, fue hasta el Rey salomón buscando sabiduría, y se quedó tan impresionada por lo que escuchó y vio, que entregó ofrendas nunca vistas hasta ese momento por aquellas tierras, vino por poco y se encontró con mucho más. Pero buscó, indagó donde estaría la sabiduría, buscaba, buscaba, la verdad, la fuente de vida.
Jonás, aquel que quiso mirar para otro lado de ese destino de grandeza que Dios le tenía preparado, y para el cual lo necesitaba… sin embargo, tres días en la oscuridad, en el “desierto”, en el “no saber donde esta parado”, lo hicieron rezar tanto al Dios bueno, que fue un profeta entre los ninivitas que casi se quedan si su predicación. Lo que le pasó a Jónas sirvió para la conversión de muchos.
A veces nos pasa que cuando estamos flojitos de fé, en seguida exigimos una respuesta, un signo, un “milagrito”. Queremos que Dios nos hable ya, que acuda con su poder para demostrarme que existe. Jesús nos dice: aquí hay alguien más grande que la reina del sur o que Jonás.
Milagros, todos los días de la vida. Pequeños milagros a veces imperceptibles , la sonrisa de un niño cuando le llevo mi pequeña ofrenda que a veces no supera mi presencia, la serenidad de mis abuelos cuando los visito y siento la maravillosa paz de sus vidas ,el sol que día a día incansablemente vuelve a lamer con sus rayos, nuestra tierra y darnos vida, el llanto del niño que se encuentra por primera vez con el mundo, con el aire que respiramos nosotros, y siente miedo al dejar el cobijo calentito del útero, la presencia de los seres que me aman y que son como una mano extendida o un abrazo permanente.
Cuando leo la Historia de la reina del Saba y Salomón, pienso en la riqueza de Jesús, en todo lo que nos da, no solo material, sino espiritualmente, pienso en la sabiduría que nos brinda, que se traduce en respuestas, o en pensamientos o en recursos que nunca imaginamos tener y que sin embargo cuando las circunstancias lo necesitan, afloran.
¿Para que pedir más signos? Saberlo presente en la Eucaristía, quizá sea el mayor de los signos de amor que nos da todos los días de la vida. Saber y sentir que tenemos al mismo Dios, en un pedazo de pan, al que podemos recurrir, visitar, llevar con nosotros. Saber que está, todos los días de nuestra vida, ´dándonos sabiduría y riquezas… tenemos de sobra. Solo basta flotar en estas cosas y gozar de su amor .Él, es más que todo y todos. Ahí radica nuestra seguridad.
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