miércoles, 27 de julio de 2011

Mateo 13,44-46.

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas;
y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.



Quizás la gran diferencia entre estas figuras del Reino, es que el primero se encontró con algo que no buscaba, en cambio el segundo era uno que buscaba incesantemente, la mejor perla para comprar.
Aquel, el primero, lo volvió a tapar, y sabiendo donde estaba, fue, buscó, luchó vendió lo que tenía para comprar aquel campo.
En los dos casos, el premio, es el mismo. Un tesoro precioso para el que es capaz de vender todo lo suyo, sabiendo que hay algo mejor.
Buscar. No podemos dejar de buscar la verdad. Pero una verdad que no es solo certeza, o razón. Una verdad que es encontrarme con una persona más que con algo. Esa persona es el mismo Jesús. Una verdad que me dice desde el corazón que la alegría radica en encontrarme con Él, no con algo.
En todos los órdenes de la vida, buscamos y buscamos. A veces parece que encontramos pero, como dice San Agustín, nuestro corazón es inquieto y solamente descansará en ti.
Es que aunque, a veces nos cuesta reconocerlo, siempre hay algo en nuestro interior que está disconforme, al que no lo llena lo material, ni el último celular, ni la fiesta más importante, ni el viaje más soñado, ni el auto ultimo modelo. No lo llena ni el mejor trabajo, ni la mejor profesión a la que uno, con tanto esmero, le brindó los mejores y más radiantes años de su vida. Tampoco los éxitos deportivos propios o del equipo preferido, aunque por ellos no durmamos soñando la gloria.
¿ a donde busco mi tesoro? ¿Qué perla fina es la que busco?
Capaz que si apunto mi búsqueda hacia el cielo, encontraré la satisfacción deseada. San Agustín, escribió aquella máxima tan importante, después de buscar y buscar entre lugares, religiones personas, hasta que se encontró con “esa persona”, Jesús, y ahí sí, la búsqueda llegó a su fin, y comenzó la caminata con Aquel, que lo llevó de la mano a la felicidad.
Ojalá que después de encontrar ese tesoro, demos el pasito que falta: vender todo, esto es dejar aquello que nos impide seguirle. Dejar nuestro egoísmo que no nos deja ver más allá de nuestras narices. Dejar nuestra pereza que nos impide llegar hasta lo fundamental, por estar metido en lo cotidiano, en el chat, en la computadora todo el día, en la diversión. Dejar nuestra soberbia, y acercarnos más a la figura humilde y sencilla de aquel que siendo todo, se hizo nada por cada uno de nosotros.
y dejar, sabiendo lo que ganamos. No tristes, o escondiéndolo nomás en un lugar secreto para reflotarlo en cualquier momento. El evangelio dice: “vendió”, no dice “lo prestó para rescatarlo en cualquier momento o hizo una hipoteca para recuperar de a poco lo entregado”.
Vender es dejar para siempre, porque el premio, amigo que lees, es la gloria, es el Reino, que no son cosas materiales (aunque vienen incluidas), esa gloria es hallarlo a Él y con Él, todo tiene un nuevo sentido, sonreímos de verdad, festejamos amistades de verdad… es que hallamos el tesoro tan soñado o tan buscado.
Vale la pena intentarlo.
Publicar un comentario