viernes, 5 de agosto de 2011

Mateo 16,24-28.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.
Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino".



Recuerdo esa anécdota que se cuenta del encuentro entre un tal Francisco nacido en un castillo de Javier (Navarra). Estudiante, compartía pensión con un tal Ignacio de Loyola, mayor que él. Según dice, alguna vez le preguntó a Francisco por sus estudios:
Estudio leyes- contestó.
Muy bien,- le dijo aquel estudiante más avanzado. -¿y después?...
–después seré abogado,
Muy bien y ¿después? …
- seré juez…
- muy bien, ¿y después?
Bueno, tendré una familia, me casaré, …
Muy bien ¿ y después?.
Después tendré hijos, nietos, miraré la vida con orgullo…
Muy bien, ¿y después?...
Un poco fastidioso, Francisco, largó su última frase como para que ya no haya más diálogo: - ¡después me moriré!...
Muy bien, ¿y después?...
dicen que este último ¿y después? fue tan fuerte en él, resonó tanto en sus pensamientos, que se dio cuenta que por más que gane su vida, gane en su vida, sea un triunfador, sea reconocido humanamente, llene sus vitrina de trofeos, conquiste el mundo, si pierde su vida para Dios, no sirve.
En las bibliografías de San Francisco Javier, (en eso se convirtió), se encuentran frases como esta: “Al principio Francisco rehusó la influencia de Ignacio el cual le repetía la frase de Jesucristo: "¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?". Este pensamiento al principio le parecía fastidioso y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco fue calando y retando su orgullo y vanidad”.

En la vida siempre se nos plantean opciones: estudiar o trabajar, casarme o ser soltero, matrimonio o sacerdocio y/o vida religiosa, tal persona o tal otra, tal carrera o esta otra, libertad o esclavitud. Todos los días ejercitamos esa capacidad, en libertad, de optar por lo bueno o lo malo, por lo que me hace libre o lo que me esclaviza, por ser feliz o pasarme la vida amargado.
Hoy el evangelio nos plantea “LA” opción:
ganar todo en la vida, cuando ese todo significa dejar las cosas del alma a un lado, significa pisar a los demás humanos para llegar a la meta, significa conquistar el mundo destruyendo familias, significa llenarse la vitrinas de premios que ensalzan el ego, y por todo ello, perder la vida del alma,…
o ganar VIDA , poniendo las cosas en justo lugar , poniendo al hombre como principio y fin de toda actividad económica, política, comercial, jugándose por la vida a pesar de que haya que sufrir desprecio y condenación de los demás seres humanos, poniendo a Dios como centro de nuestros ideales, de nuestros proyectos, de nuestras parejas y familias.

Quizá sea un buen día para pensar estas cosas que hoy la Lectura de la Palabra de Dios, nos interpela. Y que, como a San Francisco Javier, gran misionero de Asia, nos interpele ese último: “¿y después?” para que nuestra vida se encamine hacia ese Plan Amoroso que el Tata Dios tiene pensado para cada uno.
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