martes, 6 de septiembre de 2011

Lucas 6,12-19.

En esos días, Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor. Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados; y toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.
¡Toda la noche en oración!... con lo que nos cuesta a nosotros concentrarnos 10, 20 o 30 minutos, rezando al buen Dios. ¿Cómo habrá sido su oración? Y eso que Él no tenía tanto ruido exterior como tenemos nosotros, o sea que para concentrarse no habrá tardado tanto tiempo. ¿Por qué necesita rezar tanto si Él sabía todo, tenía todo? Seguramente que más bien gozaba de la presencia de su Padre, como un niño goza de la presencia del papá después de un día intenso de trabajo, o de un día de camping o de pesca. Era el diálogo quizás, lo más intenso. No había necesidad de pedir, de poner intenciones, era hablar y escuchar, abrazar, contener en el miedo, sonreír juntos, contar anécdotas, hablar de los amigos, escuchar el consejo de papá, comentar lo que pasó en el día. A veces pensamos que habrá sido un sacrificio para Él, rezar toda la noche, por todo lo que nos cuesta a nosotros, o porque lo imaginamos en la incomodidad de la hora o de la montaña, o la peligrosidad de una vegetación agreste o de animales o roedores que andarían por ahí y que a nosotros nos asustarían y nos harían desistir de la intención de rezar en un lugar tan solitario e inhóspito. Pero Jesús, estaba gozoso, hablando con su Abba (hoy le diríamos tatita o viejo querido) y en ese diálogo, no entraba el miedo, ni la angustia, ni la soledad. Quizás, ante este evangelio, podamos revisar esos momentos de oración que disponemos en nuestra cotidianeidad. Si son apurados, para sacarnos de encima la obligación de rezar, si lo hacemos por cábala, para que no nos pase nada solamente, para pedir y pedir, para solo alabar y alabar, para solo pedir perdón o si pasamos , en nuestra oración, pensando en lo que haremos o lo que hicimos, y NOS CUESTA ENTRAR EN EL CORAZÓN DEL PADRE. En esto nos ganan algunas religiones orientales donde, cuando uno ora, trata de entrar en el corazón infinito del creador y no hace falta pedir nada, hace falta entrar ahí, como quien entra en ese recinto sagrado, y gozar de esa presencia y de ese lugar.
Consecuencia de esa oración de Jesús: eligió entre sus discípulos, a los más cercanos, a los que iba a enviar, a los apóstoles, con los cuales, inmediatamente se puso a trabajar, evangelizando y curando, ¡Qué imagen maravillosa de QUERER TOCARLO, por parte de la gente!. Tal vez una forma de orar, sea esa: mirar nuestras manos, cada uno de sus detalles, sus dedos, la yema de los dedos, y sentir con ellos, la cercanía de Jesús amor. Desear llegar hasta Él, y más, comulgar y sentir a Jesús bañando esos detalles de mis manos, y poder decir: YO TAMBIEN LO HE TOCADO, y gozar de su presencia, solo eso. Que , cuando cada partícula de pan hecha eucaristía , cae por mi sistema digestivo, toca mi vida y puedo decirle a aquella gente YO SI LO QUE TOCADO Y ÉL ME HA TOCADO. Gran beneficio que tenemos hoy nosotros respecto de aquellos. Esto, seguramente, nos hará discípulos o sea elegidos por Él, y nos convertiremos en apóstoles, es decir enviados por Él, para decirle a todos esa gran verdad: Jesús nos ama, con un amor tan personal, que toca la vida, la de cada uno, distinta de la del lado, y sana, cura, salva.
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