sábado, 24 de septiembre de 2011

Lucas 9,43b-45.

Todos estaban maravillados de la grandeza de Dios. Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: "Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres". Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.
Se los dijo varias veces, pero parece que ellos, no querían creer. Les parecía increíble que aquel hombre bueno, sabio, aquel profeta del amor y de la buena noticia, fuera asesinado de alguna manera. Para colmo les habla de Él en tercera persona: el hijo del hombre… ¿no era más fácil que les dijera : voy a ser entregado para que me crucifiquen?... cuando alguna vez lo entendieron, saltó Pedro y se puso delante de una queja diciéndole que deje de hablar de esas cosas, que bla , bla, bla… y Jesús lo retó.
Quizás nosotros, si hubiéramos estado ahí, tampoco lo entenderíamos. Son cosas, que entendieron después, cuando Jesús culminó su tarea con su muerte y fundamentalmente con su resurrección. Gran ventaja que llevamos nosotros con respecto a aquellos discípulos: el Espíritu Santo nos da la posibilidad de comprender los misterios de Dios, nos hace entender cada palabra del Señor, nos hace vivir según Él, y andar por sus caminos. Más aún tenemos la posibilidad de interrogar a Jesús sobre las cosas que nos dice y que por ahí no entendemos, y pedirle que nos explique todas aquellas veces que lo hemos creído ausente, que lo hemos sentido lejos, que no nos habló, que mantuvo el silencio, y dejar que nos responda también en el silencio, o por medio de los signos de los tiempos que nos revelan un amor particular de Dios por cada uno de nosotros. Que el Espíritu Santo, entonces, nos ilumine y nos haga ver con claridad las cosas del señor. Que invoquemos su nombre para abrir nuestro corazón y nuestra mente a las cosas de Dios. Que venga a nosotros: se lo pidamos con mucha fe
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