lunes, 26 de septiembre de 2011

Lucas 9,46-50.

Entonces se les ocurrió preguntarse quién sería el más grande. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó a un niño y acercándolo, les dijo: "El que recibe a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el más pequeño de ustedes, ese es el más grande". Juan, dirigiéndose a Jesús, le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros". Pero Jesús le dijo: "No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes".
¿Que ambiente se libra de la lucha de poder?. En casa, a veces los hijos desde bebés hacen pequeñas luchas de poder con mamá, para ver si le dan todo aquello que desea; más grandes, también para ver quien gana la pulseada si el berrinche o el límite. A veces los noviazgos son construidos en base a “hacer lo que yo digo”, lo que significa que la otra parte, por no molestar, por no crear discordia, por evitar que la otra parte se vaya, deja hacer. En los matrimonios, muchas veces una de las partes se cree con más derecho que el otro, porque fue educado así, porque el medio lo condiciona, por folclore, por machismo que puede darse tanto en el varón como en la mujer (hay sociedades que creen que el hombre es más importante que la mujer). En el tránsito, donde rige la ley del más fuerte o del más grande, donde gana el más atrevido. En las relaciones normales de todos los días, donde hay muchos que creen que con la fuerza, o con el grito de más volumen, o simplemente por una condición social, llamémosle más acomodada, tienen más poder o son más importantes que otros. Si pensamos un poquito, nos daremos cuenta que en todos nuestros ambientes hay un poco de esta lucha de poder que muchas veces nos produce conflictos internos a nuestra persona, llegamos muy cansados a la noche y no sabemos porque… es que , en casos queremos ganar siempre, o en otros casos, estamos sometidos a la lucha del poder de otros, que nos humilla, nos desgasta. Los discípulos, no escapaban a esta media general, y también entre ellos había ese dilema de saber quien era el más importante o el de cerrar todo alrededor de ellos porque había cosas que escapaban de su control como aquellos que hacían el bien, afuera del círculo de íntimos de Jesús.
El Maestro, que no los reta, pero sabiendo lo que pensaban, le pone un niño en medio. Los niños eran ignorados, y todos los maestros de religión decían que tenían que ser educados sin mansedumbre. Pero Jesús, que hace nueva todas las cosas, le pone un chico en medio, y se los pone como ejemplo de cómo deberían ser y a quien recibir, para ser el primero y el mejor: felices los limpios de corazón porque verán a Dios, dice en otro lado. Si, en los niños, en la inmensa mayoría de ellos, no se da esto de la lucha de poder, son simples, son más limpios de corazón que nosotros los adultos. Ser como ellos nos permitirá VER a Dios, o sea podremos ver con más claridad donde está Dios, donde está la necesidad, que es lo importante y que lo accesorio. Nos ayudará a ver que no es más importante querer ocupar puestos de relevancia dentro de una institución, de un grupo dentro de la Iglesia,, sino aspirar a servir a Jesús en el más pequeño… y ¡cuántos olvidan esta premisa de Jesús, lamentablemente!... Desde nosotros los laicos, que creemos que somos más importantes por diversas razones, nos sentimos “dueños” de pequeñas estancias, o “dueños” de las decisiones del sacerdote de la parroquia, o “dueños” de decir a unos que si y a otros que no, en la puerta de nuestra Iglesia local, o que aspiramos a puestos de importancia dentro de alguna organización o dentro de la Pastoral, para que nos de status. Y también de sacerdotes que aspiran, sueñan, con ser Obispos, o consideran que sus estudios o formación los hace más aptos que otros a ejercer ciertos lugares de poder, y por eso hacen todo lo posible por conseguir ese puesto, o simplemente creyéndose “dueños” de los feligreses de tal o cual parroquia y actúan muchas veces como patrones de estancias… En fin, este comentario que hacían desde lo bajo, aquellos muchachos de Jesús, parece que se repite siempre, y también siempre se repite la misma respuesta de Jesús: el más pequeño de ustedes, ese es el más grande. Él, lo demostró y nos dio el ejemplo. ¡Buena semana para todos!
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