jueves, 20 de octubre de 2011

Lucas 12,49-53.

Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".
“¿Por qué nos sacaste de Egipto donde éramos esclavos? Ahí teníamos de todo, comida, casa, podíamos pasear, gozar de la vida. Acá, en el desierto no tenemos nada, y en busca de la libertad, debemos procurar nuestra comida, nuestra bebida, somos nómades, no tenemos nuestra propia parcela… “palabras más, palabras menos, esos dijeron aquellos integrantes del pueblo liberado por Dios de la esclavitud de los Egipcios, peregrinando por el desierto en busca de la tierra prometida. ¡Cuantas veces sentimos esa tentación de decir: déjame en el pecado, ahí estoy bien : tengo amigos, tengo diversión pesada, no tengo problemas de conciencia, si tengo que coimear lo hago, si tengo que recibir coimas también, si tengo que ser injusto, me importa un rábano ¡. La paz, consideramos que es la externa, esa que se consigue por la ausencia de violencia, por el consenso, por la unidad… solo con esto. Hoy Jesús, nos dice que viene a traer fuego y como le gustaría que estuviera ardiendo. Fuego , no que destruye, sino que sana y que salva, que renueva, que enciende , por su misma naturaleza, todo lo que encuentra a su paso, que alumbra, que da calor y vida.. Nos queda la disyuntiva de quedarnos ahí, cómodamente instalados en el mundo del pecado, donde parece , no hay división, o dejarnos inflamar por el fuego del Amor de Dios, que nos hace ver las cosas de otras maneras, donde la paz, es algo interior al hombre, que tiene más que ver con una lucha interna de confrontar la propia vida con la mirada amorosa de Jesús, delante de la cual toda falsedad se deshace, es encontrar en Él, la propia identidad, es renovarnos en la dignidad de Hijo de Dios y Hermano de Jesús, que todos, por su muerte, hemos recuperado. Bautizar, significa bañar o sumergir. Él, mismo dice que quisiera sumergirse, o morir en una palabra, para pasar de esa esclavitud, a la vida en libertad, por nosotros, por los que nos antecedieron, y por los que vendrán. Habrá división seguramente, porque los valores adquiridos, no tienen a veces que ver con los deseos del mundo y sus príncipes. Hasta en la misma casa, cuando uno quiere encontrarse con Jesús, encuentra un ambiente hostil, de desprecio, de indiferencia, de humillación.
Pero el fuego está. Estará siempre. Ojalá que nos dejemos quemar, por la caridad, por el amor de Jesús, que nos dejemos inflamar por su gracia, que al paso del fuego, no pongamos barreras, porque este fuego, no mata, sino que renueva, aunque duela en un primer momento, es un fuego que libera que nos hace felices por dentro, que nos hace libres a pesar de que estemos en situaciones de esclavitud a causa de injusticias, de ambientes no santos, de personas que quieren dominarnos. ¡¡¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor!!! Que nosotros podamos decirle a Jesús: alégrate porque en mi ,está ardiendo ese fuego sagrado
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