sábado, 15 de octubre de 2011

Lucas 12,8-12.

Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios. Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir.
Los Padres de la Iglesia, nos dicen que los pecados contra el Espíritu Santo, son comúnmente seis: desesperanza, presunción, impenitencia o una fija determinación a no arrepentirse, obstinación, resistencia a la verdad conocida y la envidia por el bienestar espiritual de otro. Leyendo la Palabra de hoy, nos queda también la certeza de que ir contra el Espíritu Santo, es no confiar en Él, avergonzarnos de ser cristianos, esconder nuestro cristianismo para que no nos digan nada fuera de lugar. Vender nuestra bondad para estar a la “altura “ de un grupo social o de amigos, no defender lo que creemos, sentir temor y por lo tanto no reconocer nuestra condición de cristianos.
Puede ser también reservar nuestra condición de cristianos para las cuatro paredes del templo, y “vivir” el mundo, según sus normas, no dar testimonio de la vida de Cristo en la vida personal. Es que el espíritu Santo, es fuerza vital, es voz en el desierto, es fuego que ilumina, inflama, cura, es viento que lleva hacia buen puerto. Si le cerramos las puertas a la entrada del Espíritu, si somos autosuficientes y creemos que nos bastamos solos sin la presencia de Dios, se nos hará muy cuesta arriba la vida de cristianos, porque al primer traspié dejaremos todo y pondremos excusas como : nadie me ayuda, estoy solo, todo lo tengo que hacer yo, nadie me dice una palabra de aliento, no me mandan mensajes,… si, a veces sacamos el centro de la escena a Cristo y ponemos a nuestro ego, que necesita de infladores humanos para sobrevivir. El Espíritu nos hace dar cuenta de lo que somos, de quien es el eje de nuestra vida, de donde tenemos el objetivo final, y para quien “trabajamos” ( para Dios, que todo lo ve, que sabe de nuestro esfuerzo, y que nos estimula siempre, y que necesita nuestras manos, para que seamos sus manos en este tiempo). Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones, y enciende en ellos, el fuego de tu amor
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