viernes, 16 de diciembre de 2011

Juan 5,33-36.


Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. 
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.


Aquel hombre, les conquistó con su palabra. Algo les decía al corazón. Es que por siglos esperaban la llegada de alguien, y parecía que Juan tenía “la justa”.
Era como esos animadores de espectáculos (perdón por la comparación) que levantan al público anunciando que ya, ya, ya llega aquel al que tanto esperan…y los corazones se agitan y la tensión crece, y las ganas de ver a aquel por el que uno ha soñado tanto tiempo, van en aumento, hasta que llega y todo explota en un solo grito de alegría…
Juan era esa luz que había logrado alumbrar a la gente y la gente se dejó alumbrar. Era esa luz que les permitía de alguna manera, salir de las tinieblas, ver el rostro de los que les  rodean… pero ahora llegará “la “luz, aquella que es eterna y que quedará grabada a fuego en el corazón de todos aquellos que compartieron los pasos de Jesús, y llegará hasta nuestros días alumbrando la vida de tantos y tantos que caminamos guiados por esa luz, y que somos parte de ella pues Jesús vive en el corazón de todos.


Porque esa luz, es una luz que se manifiesta en el amor, en las obras que Jesús obró en nosotros. O sea cuanto más amamos, más alumbramos. Mientras más amamos, más traemos al mundo la voluntad de Dios, y la mostramos, porque somos parte de esa luz.

En este tiempo de tantos fuegos artificiales, que alumbran y se acaban, que hacen ruido y después mueren, también el Papa nos pide “Brillar aunque sea una lucecita en medio de tantos fuegos artificiales”… luces que guíen, que alienten, que muestren camino por el testimonio. Luces que sean faro en medio de tormentas y noches oscuras. Luces que se mantengan en el tiempo. Luces, y no fuegos artificiales.
Un  pasito más hacia Navidad: encender o re encender nuestra lámpara, poniendo el aceite de la oración que sostiene el fuego que el Espíritu Santo, prendió en el corazón. 
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