viernes, 17 de febrero de 2012

Marcos 8,34-38.9,1.


Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. 
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?
¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles".
Y les decía: "Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con poder".


¿Qué habrá visto Jesús en aquella multitud para decirles lo que les dijo?.
 Habrá visto gente de buena voluntad, dispuesta a todo, gente valiente , líder, convencida de las palabras del Maestro, gente que transmitía el mensaje aunque sea con una frase que llevaban al hogar y que ayudaba al que estaba al lado, gente que creía , aunque no lo dijera, que ese, que les hablaba y los convocaba a una nueva forma de vida, era el que ellos esperaban con tanta pasión durante siglos y que justo,  era contemporáneo, cuando tantos profetas hubiesen querido ver lo que ellos veían.

Y habrá visto también gente de la otra: que van porque los otros van, o gente que quería estar bien con Dios, y también con todos los otros dioses mundanos, por las dudas, o gente que decía una cosa y hacía otra, o aquellos que mostraban un rostro compungido de piedad, pero cuando llegaban al hogar seguían tratando mal a todos, esposa, o esposo, hijos, sirvientes de aquel tiempo. O gente que se acercaba ahí por interés, por aprovechar el montón, para hacer negocios, pero por supuesto, con el corazón lejos, muy lejos del Amor.

Y vino aquella condición: el que quiera seguirme , que cargue con su cruz y me siga… chau, se acabaron los “figuretis”…

El que cargaba la cruz en aquel tiempo, era el que estaba condenado a  muerte, e irremediablemente le quedaban pocas horas de vida.

Jesús, siempre aceptó aquella muerte por amor a nosotros. Él, hubiera podido mandar ángeles para que lo libren de aquel momento, o un terremoto para evitar aquello, o cualquier fenómeno físico, pero fue una muerte aceptada, porque con esa muerte, Él nos daba y nos da vida, porque debía pasar por ella para ya nunca más morir.
Esa cruz, la aceptada, no la deseada, es la que nos pide que carguemos, todos los días, con el mismo amor que lo hizo Él.
Porque la cruz, tiene esos dos maderos: el vertical que me señala el camino al cielo y todo lo que ello significa: mi vida de oración, de meditación, la lectura de la Palabra diaria, el adentrarnos con nuestras limitaciones humanas, en el corazón de Dios, al apoyar nuestra cabeza en el pecho de Jesús, para poder sentir su latir por el mundo y … obrar en consecuencia, que es el madero horizontal. Aquel que me lleva a mirar a mis hermanos, como hermanos, a tener los brazos extendidos como el Señor, hacia los demás, a no cruzarnos de brazos ante el dolor de los demás, a no ser indiferentes, a hacer acciones positivas en bien de los demás… y todo esto, cada día, cada minuto. No será tanto hacer grandes acciones, o ser místicos o ser otras “madre Teresa”, ¡ojalá que pasara esto!. Si se trata de hacer de manera extraordinaria, todo aquello que hacemos ordinariamente en nuestra vida. Y poner toda nuestra existencia en clave de amor que nos obliga a “perder” la vida en ciertas ocasiones, dejando de lado muchas cosas que el mundo toma por éxito.

Cada uno sabe la cruz que lleva y cómo la lleva. Ojalá que no reneguemos de ella, sino que la aceptemos y aceptándola vayamos detrás de Jesús ayudándolo en la salvación de los demás y la nuestra, dando alegría y esperanza a los que nos rodean, en definitiva, que en vez de quejarnos, sublimemos nuestra cruz y vivamos en lo vertical y horizontal, a ejemplo de Jesús.

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