sábado, 3 de marzo de 2012

DÍA 11 Mateo 5,43-48.



Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. 
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores;
así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?
Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Ya en aquel tiempo, la gente quería, apoyaba, se solidarizaba, con los del mismo pueblo.  Fuera del pueblo propio, los demás eran enemigos.

Hoy el mundo, aparte de los límites de países, también ha puesto otros “cercos” , fuera de los cuales, los demás son visto por encima de los hombros, a veces con desprecio, otras con indiferencia, otras con violencia.
Países ricos y pobres, del primer mundo o del tercer mundo, color de la piel, incluso dentro de un mismo país, barreras que separan a provincias entre si, empresarios con trabajadores,  gobernantes con gobernados, y peor aun cuando esas divisiones son  favorecidas por el poder de turno que encuentra en ello su triunfo por aquello que “divide y reinarás”.

Todo tiende a dividirnos y a vivir en pequeñas colonias donde los que estén ahí se amen y apoyen. Nos estamos volviendo  como aquellos pueblos a los que el Levítico  decía que había que amar y a los que no.

Y parece que Jesús, nos pide algo que supera nuestra capacidad humana… eso de amar a los enemigos… de rezar por los que nos persiguen … de bendecir a los que hablan mal de nosotros y destruyen a cada rato nuestra fama… eso de hacer el bien a los que nos hacen el mal en lo grande y en lo pequeño… eso de  rezar por los que nos hicieron daño cuando éramos chicos… ¡cuesta! Pero contamos para ello con la misericordia divina, plantada en nuestro corazón, que nos hace superar las ganas de ser iguales al mundo y  nos ayuda a cortar la cadena de violencia, de maldad, de destrucción que habita  a nivel de la tierra.

Quizás , hoy, podríamos hacer como ejercicio, responder con una sonrisa cuando alguien nos grite, o nos insulte. Quizás podríamos regalar una flor al que nos lastimó con espinas. Quizás hoy podríamos cortar la cadena de chismes que me usa de eslabón para continuar. Quizás si todos nos dedicáramos, aunque sea por un día, a entregar bien cuando los otros entreguen mal, el mundo, mi pequeño mundo, el que me rodea, comience a cambiar y a ser mejor.





En la película sobre Monseñor Romero, cuando la guerra desatada entre gobierno y pueblo, estaba en su punto más alto, se lo escucha gritar desde el altar: alguien tiene que decir basta.
Ojalá que ese “alguien” seamos nosotros. Y que lo hagamos a la manera de Jesús: devolviendo el bien cuando nos entreguen mal. Su gracia nos ayuda.
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