lunes, 19 de marzo de 2012

DÍA 27 Mateo 1,16.18-21.24a.


SAN JOSE:


Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa,


El silencio de José, podría llamarse esta historia. A él, también el Padre Dios eligió de entre muchos para proteger, abrigar, defender,  a aquella pequeña familia que necesitaba del varón como cabeza visible, como león protector, como sustento, como padre, como parte de un linaje, el de David, que daría al niño, la identidad necesaria. Es el "pater putatibus" de Jesús, o “padre putativo”, de donde tomamos las abreviaturas (p.p.) para llamar Pepe a todos nuestros José.

En el silencio, José,  hizo maravillas con aquel niño, lo cuidó al momento de la concepción pues estuvo atento a la voz de Dios (se nota un hombre religioso, humilde, abierto al Espíritu, dispuesto con el oído y el corazón, a escuchar a Dios), fue protector de María y su panza a cuesta, delicado en su tarea de esposo, ante tanta dulzura. 
Acompañante de María en cada momento, caminó con ella al lado, buscando un lugar apto para el nacimiento, y como no lo encontró, acondicionó con sus manos de artesano, aquel rinconcito donde nacería el Más Grande de todos. Recibió a los pastores, a los magos de Oriente, estuvo atento a la voz de Dios, marchó con la Madre y el niño  a tierras lejanas, que no conocía, venciendo el miedo, la angustia, el destierro la soledad, dejando su taller, sus herramientas, no poniendo peros, sabiendo que cada minuto perdido podría ser fatal, desafiando las noches oscuras, el idioma distinto, la cultura diferente, haciéndose fama de buen carpintero.


Y cuando el peligro cesó, volver de nuevo al pago, para comenzar todo otra vez, sin quejas, con la confianza ciega en la providencia y en todo lo que esa Providencia, manifestaba en su vida.




Sabiendo esto, no nos queda más que “aprovechar” al buen San José, para que así como protegió aquella familia santa, hoy proteja la nuestra, proteja cada rincón del hogar, a cada integrante de nuestra familia: bebés, niños jóvenes, matrimonios, noviazgos. Si él fue tan solícito con María y Jesús, también lo será para con los hermanos de su hijo Jesús, con los hijos de su esposa María.


Así lo siento. En el altar de mi hogar está su pequeña imagen, con el delantal de cuero y el niño al lado. Es para mí, como padre, una ayuda de Dios en el camino de la educación, de la protección de mi familia y hogar. ¿Por qué desaprovechar esta gracia de Dios de tener a San José con nosotros?.

Hoy la Iglesia, haciendo un pequeño alto en la cuaresma, nos invita a mirar a San José, a sentirlo padre y amigo, compinche y consejero, maestro, pero a la vez alumno de su hijo. Hoy es San José. Gracias Dios, ¡el padre de Jesús, nos protege!
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