jueves, 26 de abril de 2012

26 de abril Juan 6,44-51.


Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. 
Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.
Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".


 Estos días, podrían titularse: “cuando se manifestó la locura de Jesús”. Hoy,  diríamos : se “brotó”… 
y si fuéramos sus discípulos, aquellos que estaban con Él, que le acompañaban, que le creían, aquellos que se reían con Él, que compartían la comida, aquellos que lo veían una persona “normal” a pesar de los milagros, de la multiplicación del pan, nos quedaríamos sorprendidos, “shockeados “,  desilusionados quizás, como aquellos discípulos ( muchos de ellos en seguida se fueron por este motivo) , al escuchar al "ídolo”, decir que el famoso pan que prometía era su carne… y que comiendo su carne tendrían el elixir que los haría inmortales…

Lo entendieron en la Última Cena, cuando les repartió el pan y les dijo: este es mi cuerpo…. (¡ahhh que alivio! Habrán dicho esa noche). Ahora entendemos: permanecerá siempre con nosotros, y nosotros también permaneceremos y seremos eternos. La muerte llevará nuestro cuerpo, pero el alma vivirá para siempre.

Y si. Al cuerpo lo alimentamos diariamente y en el día, varias veces. 
También nuestra mente necesita alimento y nos hacemos un tiempito para leer, para estudiar, para entender los signos de los tiempos, para estar atentos a la realidad que nos rodea .Vemos y escuchamos noticias que nos conectan con el mundo exterior.
También nuestra alma necesita su alimento y nosotros… la dejamos enfermar y en ocasiones, hasta en terapia intensiva, porque no la alimentamos con este “maná” que nos da eternidad. Más aún, lo despreciamos.
Es como cuando en casa, hacemos una comida sustanciosa, cara, exquisita, refinada, preparamos la mesa, con manteles, con una buena bebida, nos pasamos las horas en los preparativos, y el invitado, cuando llega nos dice: no deseo, gracias, no tengo interés en comer, no me importa la mesa  preparada con tanto amor…

Ojalá comprendiéramos este discurso del Pan de Vida de Jesús, nos quedemos con Él, y nos decidamos a nos dar tantas vueltas, para alimentarnos con su vida. Aún si no entendemos mucho, si nos cuesta creer que en ese pedazo de pan está Él, vivo… al comulgar nosotros, Jesús, hace el resto. Solo basta poder diferenciar entre pan y Pan.

Y ojalá que cuando comprendamos esto, corramos a recibirlo, lo deseemos, lo necesitemos, y que  pase de ser una “obligación”, o “algo sin sentido”, a desear fervientemente comer ese cuerpo de Jesús hecho pan, que me ayuda, que me libra de muchas cuestiones, que me da fuerza, que sana mi vida y me hace feliz.

La mesa está servida.
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