jueves, 5 de abril de 2012

JUEVES SANTO


Jn 19, 16-18
"Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí, le crucificaron" 

Ya había pasado la flagelación y la coronación con aquel casco de espinas. Para extrañeza de los verdugos, aquel hombre fuerte, alto, todo lacerado por latigazos, y sobre todo lacerado en el corazón a causa de los insultos, burlas de los soldados, e indiferencia de los suyos, todavía daba batalla, aún tenía fuerza. Todavía se podía parar. Había que cumplir la sentencia. Faltaba poco para consumar la mayor injusticia de la historia.
Le habían puesto un manto púrpura para que la gente se mofe de Él, porque era una “caricatura” de rey.
Se la sacaron con saña, despegando los lugares donde ese manto de unió a las lastimaduras cicatrizadas. ¡Cuánto nos duele cuando nos ponemos algo sobre nuestra piel al habr tomado sol demás sin precaución! Nosotros nos quejamos, por esto, solo por esto… ahí estaba Jesús sintiendo la saña de sus verdugos, desgarrando la piel pegada al manto.

Le dijeron: vamos, te queda el tramo final. Le pusieron el patíbulo, el palo horizontal sobre sus hombros. Unos 40 kg. Se lo ataron en sus manos. Un palo preparado a mano, con bordes filosos, con astillas que no tenían piedad en su piel lastimada, en su carne florecida.

Comenzó aquel recorrido de 500 metros.  Con pasitos de 25 o 30 cm. Habrá dado unos 1600 pasos que se hicieron una eternidad.

Cuando caemos por distintos motivos, nuestro instinto nos lleva a poner nuestras manos al frente para evitar golpear la cabeza. Él, no pudo. El peso del madero, el temblor de su cuerpo por la pérdida de sangre, los empujones, la inclinación del camino, lo volteaban una y otra vez, golpeando su cara contra el piso, moliendo sus hombros y su columna, el peso de aquel palo , aumentaba  al caer.

¿Cuanto habrá podido ver el camino? Sus pies aún respondían. Habrá tratado de esquivar piedras salidas, pozos, pero no había caso. Estaba turbado.

Sentía el rugir de los verdugos y la gente. Burlas y más burlas. Habrá alguno gritado con la voz que Él le devolvió. Habrá alguno aplaudido aquel espectáculo de horror, con las manos que Él movilizo nuevamente.
Cada paso, era el último que daba. Ya no había vuelta atrás.

Su Mamá, seguía en paralelo su recorrido. 500 metros de pasión también para ella. Cuesta ver a un hijo sufrir. Peor ella que veía a su hijo absolutamente lastimado. Rogaba que llegara pronto el final del camino. Comprendía y aceptaba aquella misión que venía a cumplir Jesús. Pero le costaba porque era sangre de su sangre, carne de su carne. Cada latigazo también le dolía. Cada espina también le lastimaba aún más la cabeza. Cada paso con ese peso encima, hundía sus hombros más y más.

Aparecieron las mujeres que se aceraron casi como pidiendo perdón por todos, no sintiéndose parte de ese festival de saña , de esa brutalidad asesina. Apareció una que sin miedo, sin vergüenza, limpió su rostro con mucha delicadeza y ternura. Jesús, aún como estaba le devolvió delicadeza y ternura quedándose en ese pedazo de tela ,sagrada ya.




Lo pusieron a ayudar al Cirineo. Habrá sentido entre lástima y asco por tener que estar en la mirada de todos, ayudando a un condenado todo ensangrentado. Lo hizo por obligación. Seguramente Jesús en el trayecto, le habrá regalado consuelo, le habrá devuelto la alegría de vivir, le habrá dicho palabras al oído, y habrá terminado el recorrido orgulloso de ayudar a Jesús. Y con la vida cambiada. Como hace con nosotros, que a veces ayudamos por obligación y terminamos con el alma reconfortada.

Este camino al Calvario, nos invita  a ubicarnos en el lugar de los hechos. ¿Dónde estamos?. Con nuestra vida actual, con lo que fuimos, con lo que somos ¿ Donde estamos ubicados?.

¿Somos los que ponen cruces sobre los hombros de los otros cristos que andan por la tierra?  ¿Y que cuando caen hacemos “leña del árbol caído”?.
¿Somos los que nos sentamos sobre la cruz que llevan otros y le aumentamos el peso? Cuántos hijos hacen más pesada la cruz, la lucha diaria, de sus padres. Cuántos alumnos, cuantos empleados, y también cuantos docentes y patrones, aumentan el peso del esfuerzo de los demás sin comprometerse a ser Cirineos que ayuden a llevarla.

Ojalá que seamos Cirineos de las cruces de los demás, en quienes vive el Señor. Que nadie nos obligue, que seamos voluntarios. Que donde veamos necesidad, estemos dispuestos a ayudar a cargar las cruces. Que no haga falta que me digan: me duele la cintura, para decidirme a ayudar en casa. Que no me digan: por favor ¿me das una mano? Sino que nuestra mano esté siempre extendida para los demás.
 
Ojalá que podamos presentarnos siempre ante el señor, sin miedo ni vergüenza. Que podamos dar testimonio del amor que tenemos a Jesús aunque eso produzca rechazo en los demás que esperan la caída de Jesús definitivamente de las instituciones, del mundo. Que esperan que Jesús, que Dios, quede relegado a las cuatro paredes del templo y no que viva en el mundo por el testimonio de sus discípulos.

Ojalá que seamos nosotros los que enjugan el rostro de los demás. Que cuando veamos el sufrimiento ajeno, nos compadezcamos, o sea padezcamos- con, y aunque más no sea, limpiemos el rostro del caído.

No podemos permanecer al borde del camino sin sentir nada. No podemos borrarnos estos días haciendo actividades de puro ocio. Es el amigo que está ofrendando su vida, para que  tengamos Vida.

Este vía crucis, nos invita a acompañar a María. Sentiremos también nosotros la voz de Jesús que nos dirá: me ves, así como estoy, con el camino en subida, todo lastimado y llagado, con el peso de la cruz encima, con la burla de todos, con mi poca visión, con mis tobillos que apenas responden, te digo: se puede. Se puede caminar, se puede uno levantar a pesar de las caídas, se puede derrotar al pesimismo, se puede vivir sin responder las ofensas, se puede… siempre encontrarás alguien que te de una mano. No te desalientes. Yo pude, vos también. Si mi final era la muerte, lo hice para que tu final sea el triunfo. Vale la pena el esfuerzo y a veces el sufrimiento. Con este camino, yo te doy la vida. No la desprecies.

En este cuarto misterio doloroso Jesús con la cruz a cuesta, pidamos que seamos fieles, que vivamos para servir, que el ejemplo que nos da hoy de lavar los pies a sus discípulos, nos movilice a ser más caritativos, que nuestros sacerdotes renueven su misión , que muchos otros se jueguen en esta vocación.

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