lunes, 2 de abril de 2012

LUNES SANTO


PRIMER MISTERIO DE DOLOR


Lectura del Evangelio según San Lucas. 22, 39-46



Salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos;
y lo siguieron los discípulos.
Al llegar al sitio, les dijo: "Oren, para no caer en la tentación".
Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra
y, arrodillado, oraba diciendo:
"Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz.
Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba.
En medio de su angustia, oraba con más insistencia.
Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo.
Y levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos,
los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
"¿Por qué dormís? Levántense y oren, para no caer en la tentación".

Ya había compartido la última  cena, adelantando la Pascua. Salieron del cenáculo y fueron hacia el Monte de los Olivos. Allí se reunían muchas veces. Esa media hora  de caminata  fue de angustia, de tensión. La cena compartida con sus discípulos, ver sus ojos que no entendían mucho la situación, ver salir a Judas, corriendo a cumplir “ la tarea”, lo llenaron de tensión, y quizás de apuro. Deseaba tener esos minutitos de oración para encontrarse a solas con su Papá.  Jesús sabía que llegaba la hora  en que iba a ser entregado, condenado, que había llegado la hora de entregar la vida.

Cuando llegó al lugar, dejó a sus discípulos , ocho, en un primer refugio, le dijo a Pedro Santiago y Juan que lo acompañen, pero los dejó en un segundo refugio. Él se alejó a la distancia de un tiro de piedra. Alumbrado solo con la luna llena  que asomaba, anunciando la Pascua. La misma luna que estos días alumbrará nuestras noches, es la que alumbró aquella escena.

La cara en tierra, la oración llena de angustia. Esa angustia que paraliza las emociones, que lo mete en un pozo negro, donde hay soledad, abandono, donde nadie de afuera puede ayudar, donde no hay luz que ilumine el camino. Un ángel bajó para consolarlo, pero se sentía sólo.

Volvió buscando quizás consolarse con sus amigos más cercanos, y los encontró dormidos, como si no  hubieran entendido  lo que vendría, como si a Jesús, fuerte y poderoso, que contagiaba entusiasmo, fe, amor, no le haría falta la mano amiga que lo acompañe.

Fueron ellos los que contemplaron la transfiguración. Pedro, Santiago y Juan. En aquel momento de gloria, estaban más que despiertos, estaban radiantes, plenos. En las buenas, estuvieron. Ahora, en la noche, cuando no hay resplandor, cuando hay soledad, silencio, se durmieron. En las malas fallaron, quizás por la tristeza, por no saber como acompañar en estos momentos, quizás porque el maligno cerraba sus ojos impidiendo que vean la pena y la angustia del amigo. El sopor  cerraba sus ojos. No había fortaleza para velar por el amigo.

Volvió a alejarse y rezar igual, pero su angustia era tan grande, que su transpiración se mezcló con gotas de sangre. La ciencia llama a este fenómeno : hematidrosis.
Su  ansiedad provocó la secreción de químicos que rompieron  los vasos capilares en las glándulas sudoríficas. Esto provocó que la piel quedara extremadamente frágil de modo que cuando  fue flagelado por el soldado romano al día siguiente, su piel ya estaba muy sensible.

Volvió a buscar a sus amigos, y los halló nuevamente dormidos. Los despertó. Les dijo: Vamos, llegó la hora.
Después, vendría la traición de Judas, que guiaba a un grupo de soldados con espadas y palos. Lo arrestaron cual si fuera un ladrón o asesino, comenzó a ofrendar su vida, por cada uno de nosotros.

¡que angustia la del Señor! Sabía que llegaba su hora, era hombre y lo vivía con mucha tensión. Su piel quedó débil. Iba camino a la muerte.

Este primer Misterio de Dolor, esta Agonía de Jesús en el Huerto, nos interpela, nos invita a acompañar a Jesús estos días. Son los días de su Pasión.  No nos durmamos.
Nos necesita velando, acompañando a los hermanos en la fe, sirviendo a los demás.
Nos necesita despiertos ante la acometida del  mal.
Necesita que no perdamos la calma, que estemos serenos, pero firmes en la oración. Rezando, velamos.
Rezando somos fuertes. Rezando no nos gana el cansancio. Rezando nos alejamos del hastío de la rutina. Rezando, esperamos a Jesús. Rezando, preparamos su camino. Rezando, hacemos  que su pasión salve a más hermanos.Rezando, no nos alejamos del camino.
Un Ave María que hagamos cada uno, al leer esta reflexión, formará una cadena de amor más fuerte que las cadenas del odio.
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