miércoles, 4 de abril de 2012

MIÉRCOLES SANTO


Jn. 19,2
los soldados hicieron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza

La coronación de espinas se hizo en el patio interior del cuerpo de guardia. El pueblo estaba alrededor del edificio; pero pronto fue rodeado de muchos soldados romanos, puestos en buen orden, cuyas risas y burlas excitaban el ardor de los verdugos de Jesús.
 En medio del patio había el trozo de una columna; pusieron sobre él un banquillo muy bajo.
Habiendo arrastrado a Jesús brutalmente a este asiento, le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza, y le atacaron fuertemente por detrás.
 Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran torcidas a propósito para adentro. Era un casco, más que corona.
 Le pusieron una caña en la mano; todo esto con una solemnidad, que presagiaba la burla.
 Le quitaron la caña de las manos, y le pegaron con tanta violencia en la corona de espinas, que los ojos del Salvador se inundaron de sangre.
Sus verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a la cara, y le abofetearon, gritándole: "¡Salve, Rey de los judíos!".

El Salvador sufría una sed horrible, su lengua estaba retirada, la sangre  que corría de su cabeza, refrescaba su boca entreabierta.
Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio de la risa, de los gritos y de los aplausos de los soldados formados alrededor del Pretorio.
 ¡cuánto habrá deseado un poco de agua! Esa que Él pedía para sus pobres, para sus pequeños. ¿Qué costaba? Es que el agua podía limpiar un poco aquella imagen haciéndola menos morbosa para los soldados, y ya no gritarían tanto, ya no habría “circo”.

Parecía que el dolor, la muerte, el mal, triunfaba nuevamente.

Solo faltaban los pies y las manos. Ya estaba la cabeza. Una nube de moscas y mosquitos habrá llegado hasta su cabeza para  de aprovecharse de la debilidad de Jesús . No tenía fuerzas para correrlos. Estaba exhausto.

Tu ¿eres Rey?, le preguntó antes Pilato.

Si, lo soy. Aquí esta mi corona. 
Mi reinado es así. No es de joyas, fiestas, comilonas, diversiones eternas, de seda, de ocio. Mi reinado es de sangre, mi reino cuenta con hombres y mujeres dispuestos a la lucha, al sacrificio, quizás al dolor. Se sostiene en la sangre de los mártires, se mantiene con el sudor, el cansancio, la entrega, de tantos y tantos “reyes” y “reinas”, ( así les llamo yo a mis discípulos), que luchan día a día por hacer un mundo mejor.

Por eso, cuando las cosas nos cueste el doble, cuando sintamos que vamos demasiado contra corriente del mundo y que quisiéramos dejarnos llevar por la corriente global, ser uno más del montón, volver a la mediocridad, transar con el maligno, pensemos en este , nuestro Dios, en su corona, en su reinado.

El nuestro es un Rey de espinas, donde cada una de ellas significa sacrificio entrega, incomodidad, penurias. Flechas que aguijonean mi piel, mi vida, que me llaman a la entrega.
Me indican que todo costará más porque iremos por la senda estrecha,
Que no puedo entregarme tan mansamente al reinado del mundo, a sus pompas, a sus vicios, a sus males, que tengo que combatir, luchar, por ser distinto y mejor que el resto.
Que no puedo ser servidor del mundo y de sus príncipes del mal.
Que el reinado de Cristo se ejerce en la humildad, hasta en la humillación.
Un reinado que tiene como Ley, aquellas dictadas en la Montaña
Felices los pobres de espíritu,
Felices los mansos,
Felices los que trabajan por la paz…
Felices los limpios de corazón…
y así podríamos seguir.

No es un reinado al que se llega con espadas,  es un reino ganado en la misericordia, el perdón, la entrega de si mismo hacia los demás. Es un reino que no se lo impone, es un reino que quiere habitar en el corazón de todos los hombres, porque es un reinado del amor, del Amor.

Amigo, amiga, que llegaste hasta aquí con la lectura, la coronación de espinas, nos interpela. 

Que cada Ave María que hagamos, nos sirva para hacer una corona pero de buenas intenciones, de paz, de manos unidas en beneficio de los demás, de solidaridad, de lucha diaria por ser mejor.
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