viernes, 6 de abril de 2012

VIERNES SANTO

Jn. 19,30 
Jesús tomó el vino y dijo:" todo está cumplido" . Después inclinó la cabeza y entregó el espíritu



 Llegaron hasta el punto cumbre. Por momento habrá mirado la ciudad, desde ahí, con mucho dolor. Ya no la volvería a ver, así, como estaba.
Lo tiraron sobre el piso con el madero horizontal.

Los clavos no se introducían en las palmas de las manos porque éstas no habrían soportado el peso del cuerpo. Se colocaba el clavo en el pulso donde un conglomerado de huesos permitía sostener un peso grande.
Cuando las muñecas de Jesús quedaron sujetas al palo horizontal, lo alzaron y ensamblaron sobre la estaca vertical. Una vez así colgado, le clavaron los pies. La operación era tan sencilla que bastaba un solo golpe de martillo. Pero el dolor que provocaba era terrible.



Así, el tiempo que duraba con vida  un crucificado dependía de cuánto resistía en esta tarea de levantarse para respirar y volverse a abatir.
Para respirar, debía apoyarse sobre los pies clavados, elevarse, y respirar, pues sus pulmones, a esta altura, estaban llenos de sangre. Estaba ahogado. Cuando querían acelerar la muerte del reo, le quebraban las piernas, así ya no podían elevarse para respirar.  A Jesús no hizo falta.


Era alrededor del mediodía cuando lo izaron, eran las tres de la tarde que aquel viernes cuando murió. Por eso todos los viernes de nuestra vida, a las tres de la tarde ,  en el lugar donde nos encontremos, con las diferencias horarias que hubiere, siempre será para nosotros, la hora de la mayor ofrenda de Amor de la historia.




El otro día, con la ayuda de una homilía, me quedó dando vuelta la frase, tan antigua como siempre nueva: sin sacrificio no hay amor.
Es buena para examinar nuestra vida y todo lo que nosotros llamamos amor. En  nuestros noviazgos, cuando no basamos el amor, en el sacrificio, en la mira del proyecto de vida, en dejar cosas y actitudes que no están en sintonía con el ser amado, en adquirir virtudes que son propias para una convivencia definitiva, cuando no estamos dispuestos a sacrificar  nada de nuestra comodidad… es para pensar.
Cuando en el matrimonio o la familia, no  ponemos en la base del amor, el sacrificio, cuando cada uno hace su vida egoístamente, cuando importa más lo que me pase a mi que a los que me rodean y decimos amar, cuando no hay esfuerzo por construir una familia mejor…es para pensar…
Cuando digo amar a alguien, pero no me cuesta nada, no debo dejar actividades que me gustan, y cuando las debo dejar me producen fastidio, o dejo ver en mi rostro la sensación de molestia para que los demás se den cuenta… es para pensar…

Él, nos dijo hasta el hartazgo que nos amaba. ¿Qué más sacrificio debía hacer para demostrarnos? Ahí está colgado injustamente en una cruz, entregando literalmente su última gota de sangre, esa que salió mezclada con líquido de sus pulmones ahogados .
Nos interpela en lo que nos da y nosotros despreciamos. Nos interpela en nuestra capacidad de amar, nos interpela en nuestra entrega, nos interpela en nuestra forma de amar. Nos interpela en nuestra capacidad de agradecer por esto que hizo por nosotros.


No quedan palabras. Ya está jugada la última carta. Jesús, a las tres de la tarde, dio su vida ( no se la quitaron), por vos por mi, por mis hijos, por los que vendrán, por los que ya pasaron.
Mira a la cruz, esa es mi más grande prueba…parece decirnos.
Que este quinto misterio de dolor La Crucifixión y muerte de nuestro Señor, tengamos la certeza, de que también, María a la que invocamos en cada Ave María, estará firme al pie de nuestras cruces, dándonos fuerzas para no decaer, porque después de cada cruz, hay resurrección.
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