martes, 8 de mayo de 2012

8 de mayo Juan 14,27-31a.


Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman ! 
Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.
Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí,
pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado. Levántense, salgamos de aquí.

¡Un regalo formidable!.  La paz, SU paz. Paz que supera la ausencia de violencia o de guerra, paz que supera el ocio o el “no hacer nada”, pues muchas veces decimos estoy tranquilo, estoy feliz, estoy haciendo nada y en eso encuentro la paz. Paz que supera el estado de vacaciones o de ausencia de preocupaciones, paz que supera la vigilancia para establecer el orden , paz que supera la no proliferación de armas entre los países…
La Paz del Señor, está y es la paz del corazón.
Ya nos dijo esa vez que se iba pero que volvería , y volvió, y está y estará siempre, y nosotros contamos con Él, todos los días , minutos y segundos de nuestra vida, para que en esa paz, vivamos serenos y sin angustias.

Cuesta, claro que cuesta. Estamos sujetos a las mismas  condiciones humanas y físicas de todos los seres humanos, vivimos con los pies en la tierra, y a cada paso, muchas cosas nos sacan del eje , nos hacen parte de esa espiral de violencia que afecta a la humanidad, a nuestro pequeño mundo: el tránsito, los problemas, las deudas, los impuestos a pagar, los compromisos, los exámenes, los objetivos trazados y a cumplir, la presión del trabajo, la necesidad de producir ,  la familia, sus problemas, la falta de trabajo, la angustia porque no alcanza el dinero, la ausencia de un ser querido, un amor deshecho, un bebé que llora y nos sabemos porque,  la violencia en el estadio donde voy a ver a mi equipo, la violencia del  barrio, la violencia generada por la droga o el alcohol, los insultos injustos, los gritos de una sociedad que se acostumbra a la “ley del que más fuerte grita e insulta”… si, estamos metidos en el mundo y ese mundo muchas veces nos llena de angustia, nos quita la paz.

Que bueno es escuchar  de labios del Señor que nos ama, estas palabras ¡no se inquieten ni teman! ¿Qué o quien hay más fuerte que Yo? ¿Quién es más fuerte que Dios? nadie, absolutamente nadie, responderemos. Y en eso radica nuestra fortaleza y eso, nos devuelve la paz.

Ojalá que hoy, podamos quedarnos con este pensamiento  tan fuerte como suave del  Señor: les dejo y les doy mi paz. Poder sentirla a través de la ventana, del sonido de los pájaros, del  paisaje que, en estas latitudes comienza a teñirse de color ocre, de caminar orando hacia mi destino laboral o estudiantil, en la mirada de mamá, en el esfuerzo de papá, en la sonrisa del bebé, en las manos suaves del niño al llevarlo a la escuela. Que podamos escuchar en nuestro corazón la voz suya que nos dice: No temas, yo estoy contigo, yo voy con vos, te doy mi paz.  
 



Seguramente, al vivir esto, no nos quedará ganas de  alejarnos de su amor y de su paz.
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