martes, 12 de junio de 2012

Mateo 5,13-16.




Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. 


Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.



Jesús, usó el verbo en presente. No pidió por favor, no sugirió que estamos preparados para serlo, nos dijo de una: son la sal y son la luz.
Partimos de ahí. Hemos sido llamados para algo en nuestra vida, tenemos un plan, una misión que cumplir,  no vivimos solamente por la gratuidad del aire que nos rodea, ni porque somos hongos que crecen en algún lugar y luego desaparecen.
Nuestra vida tiene un sentido trascendente.
Al final de ella, quedará un surco marcado que alguien pasará. Un surco muchas veces hecho en un bosque que nadie atravesó, en medio de un monte de rocas, o un camino hecho en el desierto por el que alguien caminará luego en momentos de desesperación, cuando no hay una señal del cielo hacia donde caminar, cuando no hay norte  definido.

  • Hemos sido hechos para ser sal, que conserve (para eso mayormente era usada) que guarde lo fundamental de la vida: que no nos ataque la dictadura del relativismo, que tengamos claro donde está el bien y donde el mal, que podamos caminar firmes en el camino de Jesús. Que no transemos con lo mediocre, porque hemos sido hechos para volar alto, para llegar a las alturas, y no para vivir revoloteando cerca de la basura tratando de alimentarnos de ahí.


  • Hemos sido hechos para ser luz, que alumbre. No de esas lamparitas bonitas, sencillas, que solo adornan espacios. Luz que ilumine, que permita ver la realidad, que permita ver el rostro de Jesús a los demás. ¿Por qué dejar apagar ese fuego sagrado que da vida a la luz?, ¿porque dejar apagar la luz que somos?.


Tiempo para potenciar nuestro poder de ser luz. Para potenciar y renovar nuestra vocación sacerdotal y religiosa pues con ella alumbro, guío, doy vida, hago brillar en los ojos de los demás esa luz, ilumino las miradas de los demás con la vida de Cristo en cada uno, cubro, salo, con la Palabra de Dios, la realidad de mis hermanos que necesitan tanto de ella, como del pan que los alimenta.

Tiempo para potenciar y renovar nuestro amor matrimonial, pues con ese amor somos luz en medio de la oscuridad del mundo, alumbro a nuestros hijos, los cubro como con una cáscara o una campana y los protejo del mal que hay en el mundo.  Renuevo mi amor hacia mi esposa/o, porque ese amor es fuerza incontenible que brinda calor a los que llegan a mi hogar, somos luz puesta en lo alto para que los demás vean que es posible ser feliz, en una familia, que el matrimonio es lo mejor que nos pasó en nuestras vidas.

Tiempo para renovar la energía de nuestra lámpara, pues el mundo nos debe ver brillar con la luz de Jesús. Hacemos falta. Cada vez hay más oscuridad, desesperanza, miedo, soledad.  Cada vez menos valores que a veces no están por el silencio y la inacción de nosotros a los que el señor nos dijo: son la sal del mundo.
Tiempo de renovarnos. Tiempo de volver a ser. Tiempo de volver a cargar las baterías, conectándonos a la fuente eterna de la gracia. Ese tiempo, es hoy.
Somos sal y luz. Ojalá que nos animemos a renovarnos. El mundo nos necesita.

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