miércoles, 18 de julio de 2012

Mateo 11,25-27.


En esa oportunidad, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. 
Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.








Sencillez, humildad, apertura de corazón, hambre de Dios, son esas pequeñas o grandes virtudes que nos acercan al Amor de Dios, y nos revelan una sabiduría que no está en libros, que no se compra en una tienda , que no se traspasa de generación en generación ( o si, de acuerdo a cuanto se abra el corazón a Dios en las familias y se lo deje entrar en casa).
En el libro Formación de Predicadores  de J. Prado Flores, hay una cita muy linda que se las comparto:
Un día Santo Tomás de Aquino visitó a San Buenaventura.
 -Quiero que me hagas un favor- le dijo -Necesito que me enseñes tu biblioteca; quiero ver qué libros lees, porque te oigo hablar tan bien, que quiero ver de qué fuente bebes-
San Buenaventura lo llevó a su celda, corrió una cortina y tras ella estaba un reclinatorio frente a la imagen de Jesús crucificado. Mirándolo fijamente a los ojos, le reveló: -Aquí está la fuente de mi sabiduría. Esta es mi biblioteca, donde aprendo lo que enseño-. Santo Tomás sonrió y le contestó: -Se parece a la mía...


A veces cuando damos tantas vueltas tratando de “entender” a Dios, de conocer científicamente a Dios, o incluso cuando tenemos “la panza llena”, y no necesitamos de Él, cuando la soberbia nos encierra y nos creemos dioses, cuando nos bastamos solos y no sale de nuestros labios ni siquiera un “Dios mío” como súplica, es que estamos cerrando nuestro corazón y todo nuestro ser a Dios.


A Dios es más fácil encontrarlo en las cosas simples de la vida, en su mensaje de Amor diario y permanente, en el silencio de un paisaje que me invita a meterme dentro mío y reflexionar, en la Palabra cotidiana que me habla al oído y me dice todo lo que Jesús me ama y espera de mí… es más difícil encontrarlo en la opulencia, en el sumo confort, en el ruido de un boliche, en el sonido estridente de la música…


Dios nos habla, y tiene su revelación lista para cada uno. Depende donde tengamos el corazón. Ojalá que seamos nosotros esos “pequeños”, que escuchan la Palabra y la convierten en sabiduría para la vida propia y la de los demás.


Aquella canción de cuna de Facundo Cabral (perdón por la insistencia, pero justo se daba la circunstancia), sea para nosotros también  una alternativa muy válida para sentirnos “pequeños” y tomar de esa sabiduría divina que tanto bien nos hace.


Vuele bajo,

Porque abajo,
Está la verdad.
Esto es algo,
Que los hombres,
No aprenden jamás.



…Diógenes cada vez que pasaba por el mercado
Se reía porque decía que le causaba mucha gracia
Y a la vez le hacía muy feliz
Ver cuántas cosas había en el mercado
Que él no necesitaba.

Es decir que rico no es el que más tiene,
Sino el que menos necesita.

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