jueves, 19 de julio de 2012

Mateo 11,28-30.


Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. 
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana".





El yugo es un instrumento de madera al cual, formando yunta, se unen por el cuello las mulas, o por la cabeza o el cuello los bueyes. El efecto del yugo es unir estrechamente a dos seres vivos, haciéndolos compartir idéntica ruta y un mismo destino.

Jesús, nos invita a compartir con Él, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestras tristezas. Aquel dolor que tenemos clavado en el alma y que nada ni nadie puede ayudar a sanar. Aquella pérdida que golpeó  mi vida, aquella ausencia que provoca  lágrimas  de mañana de tarde y de noche.



Aquella situación dolorosa por la que pasamos en casa, o con los amigos. Aquel dolor que significa la separación de los padres o la ida de un hijo. Ese dolor del corazón por no haber sido correspondido o aquel fracaso en una relación…


Quizás si no nos hubiera hablado del yugo, nos podríamos imaginar yendo solos por el derrotero de la vida, luchando con armas propias, llorando en soledad, pechando solos en los problemas, remando y remando solos ante tanta correntada violenta que nos cansa los brazos y nos hace muchas veces desistir…


Pero Jesús se calza el yugo con nosotros, quiere compartir nuestra vida, nuestro dolor, nuestras penas, nuestras alegrías, nuestro destino. Nos dice: no estás solo en esto, yo te banco, yo pecho con vos, yo me esfuerzo con vos, yo te ayudo en la lucha, yo remo con vos en este mar violento… somos dos y eso basta.


Cuando a aquel joven, Manolo Llanos, lo perseguían, cuando lo martirizaban en la guerra civil española en el año 1936, cuando le pegaban y no lograban hacer que reniegue de su fe, uno de los soldados, sorprendido por su resistencia , le preguntó de donde sacaba fuerzas, y él, sacando un crucifijo del bolsillo, que siempre lo acompañaba, exclamó: de éste: CRISTO Y YO MAYORÍA APLASTANTE….besaba  el crucifijo, mientras sus verdugos lo fusilaban.


Y ese grito sagrado, que lejos de convertirse en una expresión de prepotencia,  fue y es la expresión de sentirse acompañado y fortalecido por la presencia de Jesús en la vida propia, en las decisiones, en el camino compartido, en el hogar deseado, en el matrimonio soñado (a los contrayentes se les llama con yugues… viene de lo mismo, de compartir el destino, los sueños, la meta, la santidad).


Quizás, para equilibrar el yugo, sea bueno comenzar por aprender de Jesús. ante cada situación de nuestra vida, aprender a vivir en mansedumbre, con paciencia, aprender a ser más humildes, abriendo nuestro corazón a Dios y a lo que Él quiera decirnos, a dejarnos guiar por la enseñanzas del Maestro… seguramente lo que antes era una pesada carga, se convertirá en algo liviano. Cuando antes me “hacia un mundo” por una situación particular, ahora será  algo normal, las preocupaciones serán solo ocupaciones normales, los obstáculos dejarán de ser barreras infranqueables, para convertirse en vallas que cruzaré, agilizando y fortaleciendo mis músculos espirituales. Todo será más sencillo, pues con Él, la carga es más sencilla.


¡¡Vengan a mi, los que están afligidos y agobiados…. Yo los aliviaré!! Gracias Jesús, por tu invitación. ¿Vamos?
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