jueves, 26 de julio de 2012

Mateo 13,10-17.


Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?". 
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

Parece que eso de “oir pero no comprender, ver pero no conocer, tener el corazón endurecido, cerrado los ojos y los oídos…” es una enfermedad muy contagiosa que actúa sobre las células mismas de la persona, sobre la célula de las familias, de los pueblos, de las naciones.

Por ejemplo, escuchamos la voz de la naturaleza (o ¿no escuchamos?) que nos dice: no pueden desforestar sin control porque los ríos se salen de sus cursos, el agua corre arrasando todo, y sin embargo seguimos y seguimos…
Escuchamos  que se producen descongelamientos de hielos ( o ¿no escuchamos?) que nunca antes  se deshacían, y seguimos ayudando al calentamiento global, inventando cada vez más y más cosas que nos hacen vivir como en un invernadero…
Nos damos cuenta de las diferencias de temperaturas diarias que cada vez son de más amplitud en regiones enteras, y pensamos que nunca nos pasará nada, o lo que es peor, no le damos importancia…

En nuestra vida, pasan a lo mejor diariamente, miles de otros cristos, lastimados, doloridos, sufrientes, ignorantes, golpeados, y seguimos sin darnos cuenta, entretenidos, algunos con sus auriculares, otros con sus problemas que a veces son por nada, otros metidos en su mundo donde no entran cierto tipo de personas… y dejamos de estar atentos a la voz de Dios que nos habla también a través de ellos.

A veces en los hogares la Biblia es un libro de adorno, con letras doradas, tapa hermosa… la letra parece muerta, no hay nadie adentro de esas páginas, es solo un libro de cuentos , o de poesía de otro tiempo…
Las campanas de las Iglesias, pasan a ser parte de un sonido propio de los domingos, y nunca me llaman.

Ojalá que nosotros, no estemos con los oídos tapados, ni los ojos cerrados, ni el corazón endurecido. Ojalá que los que nos rodean no sufran del mismo mal.

Que esa enfermedad contagiosa encuentre en nuestra vida un antivirus poderoso en la humildad, en la sencillez de saber escuchar a la naturaleza, a los que nos rodean y a la Palabra, que tenga en la oración,  el remedio para la sordera, que aceitemos las bisagras de la puerta de nuestro corazón, para que esté siempre dispuesto a abrir al Señor que llama… que hagamos lo que esté a nuestro alcance para aumentar la fe en Jesús y a Jesús, siendo receptivo de su mensaje y dejando que la Palabra vaya cambiando todos los días, nuestra mirada sobre las cosas.

Se trata, una vez más, de dejarnos guiar por el Espíritu, pues Él nos explica las escrituras, nos da sabiduría, nos brinda paz. Se trata de ver, oír, comprender y amar…
Que podamos decir hoy: habla Señor que tu amigo (ya no les llamo siervos sino amigos) escucha.
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