miércoles, 4 de julio de 2012

Mateo 8,28-34.



Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. 
Y comenzaron a gritar: "¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?"
A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.
Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara".
El les dijo: "Vayan". Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.
Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados.
Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Hoy, que tenemos una sensibilidad especial en el trato con animales, nos parece algo raro lo que hizo Jesús.
Aquella región de Gadara, estaba habitada por paganos, por lo que el cerdo era opción en la dieta alimenticia. Los endemoniados vivían escondidos, eran malos, asustaban, nadie pasaba cerca de donde estaban ellos. Ellos, eran personas, y valían lo que vale cualquier hijo de Dios: muchísimo.

Alguna vez, en un accidente, un camión de la  empresa en que trabajaba, (esos camiones enormes que llevan doce metros cúbicos de áridos), por una mala maniobra debido al estado del camino, volcó destruyéndose totalmente. Realmente era una carga y un vehículo muy caro. Entonces le pregunté a un jefe del chofer, como estaba él, a lo que me respondió: ahí está, bien, pero ojalá hubiera muerto… pensé ese día que tan importante son las personas al lado de cosas o vehículos o muebles, o, como en este relato bíblico, al lado de los animales. Parece , muchas veces que la vida humana no vale mucho, que importa más lo que le pudiera haber pasado a este grupo de animales,  que a la salud de cuerpo y alma producida por Jesús en estas dos PERSONAS.

Lo mismo les ocurrió a los habitantes de aquel lugar, que le pidieron a Jesús que se fuera por los “destrozos” ocasionados…

Si esos endemoniados, fuéramos nosotros, cualquier cosa que pasase estaría bien, haríamos hasta lo imposible para recuperar nuestra salud espiritual. Si esos endemoniados fueran nuestros hijos, o padres, o hermanos o amigos, daríamos cualquier cosa para que recuperen su salud espiritual, aunque después tengamos que trabajar toda la vida para pagar los “daños”.

¡Bendito sea Jesús que pasa por el lugar adecuado, en el momento oportuno, viviendo desde la otra orilla, en un lugar impensado, pero que “descuidadamente” pasa cerca de nuestra vida, para rescatarnos todos los días de nuestros  males interiores!
¡Bendito Sea el Señor, que siempre quiere nuestro bien!,
¡Bendito sea Jesús que nos libera  hasta de aquello que parece imposible! Bendito sea Jesús que ama al hombre profundamente, que lo defiende, que quiere su bien!
¡Bendito sea Jesús, porque es más fuerte que cualquier mal, que es más fuerte que nuestros miedos, que si estamos con Él, nos sentimos seguros, amados, protegidos!
¡Bendito sea Jesús que nos trata como hijos de Dios, hermanos suyos, ante quien todos somos iguales, que no hay ricos ni pobres, que todos valemos por lo que somos y no por lo que tenemos!
¡Bendito sea, por rescatar hermanos nuestros, como aquellos endemoniados, del dolor, del sufrimiento, del tormento!
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