martes, 10 de julio de 2012

Mateo 9,32-38.


En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado. 
El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: "Jamás se vio nada igual en Israel".
Pero los fariseos decían: "El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios".
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."

¡Cuánta falta hace que Jesús cure nuestros espíritus de mudez!  Esos que nos impiden hablar de nuestros problemas y que engendran odios, rencores, discordias entre los de la misma familia incluso.
Esos que no nos dejan acercar a  la confesión, porque nos gana el orgullo o la soberbia que callan nuestra conciencia y nuestra lengua.
Esos que impiden el dialogo entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos.
Esos que impide que pueblos enteros se acerquen a dialogar, ese espíritu que engendra guerras, peleas…
los obispos argentinos, hace un tiempo, en la oración de la Patria, nos hacían repetir una y otra vez: … danos la sabiduría del diálogo
Todavía más, en este tiempo donde muchas de nuestras comunicaciones son vía chat, o email, o expresamos lo que sentimos vía twitter, y cada vez nos cuesta más mirarnos a los ojos, ven nuestros gestos, hablar…simplemente hablar, expresando lo que sentimos, escuchando lo que sienten los demás.
Quizá si Jesús caminara hoy nuestros días, más compasión sentiría de nosotros, al vernos a muchos metidos en audífonos, auriculares, cada uno en su mundo, sin siquiera mirar a los que están al lado.

También Él, nos pide hoy a todos un corazón generoso para ayudarlo en pastorear tanto rebaño.
 A unos quizás desde la vida religiosa y consagrada, a otros siendo animadores de grupos apostólicos, a otros, siendo padres o madres de familia, a otros, haciéndoles ver el camino claro para que puedan indicar con claridad el camino a otros, a todos, para que de alguna u otra manera nos dispongamos a ayudarlo en curar cegueras del corazón, destapar oídos sordos a la Palabra de Dios y a la vida de Dios, curar a-dicciones, es decir lograr que hermanos puedan hablar, salir de si mismos, ganarle al orgullo, sanar parálisis de alma que no nos dejan mover, ni caminar, ni ser felices…



Que nuestro día transcurra en oración por este pedido de Jesús, y que se muevan nuestros corazones para ayudarlo desde donde estemos y desde lo que seamos. Los que viven en oscuras y en silencio, nos necesitan.
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