sábado, 15 de septiembre de 2012

Juan 19,25-27.



Nuestra Señora de los Dolores

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Aquella mujer, que siendo muy jovencita había recibido el anuncio  de un ángel que sería la madre del Mesías, habrá sentido el golpe fuerte  se saberse elegida por Dios entre miles y miles de mujeres de todo el mundo, para llevar adelante esa misión, con mucha humildad, simpleza y delicadeza. Elegida por Dios desde siempre, preservada por Él desde la eternidad, otra Eva. La nueva Eva que traería la salvación al Mundo.
Esta mujer, treinta tres o treinta seis años después, madura, fortalecida en las luchas diarias, Madre total y absoluta.
Aquella cambiando los pañales y chiripas del bebé que comenzaba a transitar nuestros días humanos.
Esta que veía a su hijo desnudo, sin poder siquiera taparle para evitar más burla de los enemigos.
Aquella mujer que habrá caído de rodillas o con cara en el piso al escuchar el anuncio del Ángel, esta  de pie, firme , aunque tremendamente dolorida al pie de la cruz, viendo como su hijo perdía hasta la última gota de sangre cumpliendo a rajatablas el designio de la historia de salvación.
Aquella mujer, a la que un anciano le profetizó una espada clavada en el corazón, llevando un niño en brazos al templo, esta otra que veía a su niño grande, lastimado, lleno de llagas  latientes, cuerpo inerte, y sabiendo que su dolor, el del corazón, ese que era como una espada, jamás podría ni siquiera igualar el dolor inmenso que sentía su hijo.

Esa mamá que enseñaba a caminar al niñito, esta ahora que recibía el cuerpo sin vida, acariciando una y otra vez el rostro, los cabellos, la piel lastimada de Jesús.

Es la misma mujer hermosa, que nos enseña a caminar, que nos enseña a dialogar, esa a la que aprendemos a llamar Madre, la que nos ayuda a ser madres y padres hoy, es la misma mujer que se pone al pie de nuestras cruces y llora con nosotros, con nosotros sufre, y nos acompaña y reza cuando pasamos esos momentos de dolor y de angustia.
Hoy es nuestra Señora de los Dolores.
En nuestra tierra, hoy también celebramos una fiesta  que nos cuenta de terremotos fuertes que sacudieron la ciudad,. Cuando los vecinos entraron al templo mayor, se dieron con una imagen de la Inmaculada al pie de sagrario, como intercediendo por el pueblo, dolida por el dolor de sus hijos. Esto inspiró esta poesía hecha oración que rezamos y cantamos con mucha fe. Una vez más, María al pie de nuestra cruz.

Dios te salve, Madre
Reina de los Cielos,
esperanza nuestra,
refugio y consuelo.
Virgen del Milagro
gloria de este pueblo,
en quien siempre halla
todo su remedio.
Si son nuestras culpas,
muchas en extremo,
tus misericordias
son mas con exceso.
Ya el castigo estaba
sobre nuestros yerros,
más lo detuvieron
tus piadosos ruegos.
Al pie del sagrario
allí intercediendo,
el perdón pediste
de nuestros excesos.
Mudando colores
tu semblante bello
a entender nos dio
tu pena y consuelo.
                                                                                               
 Empeñada estabas,
y echaste Tú el resto,
para que el castigo
no tuviese efecto.
"Perdona -decías-,
mi Dios, a este pueblo;
si no la corona
de Reina aquí os dejo".
"Yo por fiadora
salgo en este empeño,
y a mi cuenta corre
no más ofenderos".
Confundirte quiso
el dragón soberbio,
pero con tu planta
le quebraste el cuello.
Haz, Madre y Señora,
que todos logremos
el fruto, después
de este destierro.
En esta novena
que humildes hacernos
nuestra petición
por tu amor logremos.
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