viernes, 2 de noviembre de 2012

Juan 11:17-27



Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro.
Betania estaba cerca de Jerusalén, como a tres kilómetros; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa.
Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Más también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.
Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el último día.
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y  todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.

La Iglesia, que es madre y maestra, nos dice quienes son los que están al lado de Dios. Ayer celebrábamos a todos los santos. Hoy, recordamos a los difuntos. Aquellos sabemos que están en el cielo. Éstos ya nos precedieron y fueron haciendo camino, quizás por nacer antes en otro siglo, quizás por otros motivos, pero están en camino de llegar (si no lo han hecho ya) al cielo eterno. Nunca la Iglesia nos dice que esta persona o aquella se condenó ni aun los que toman la mala decisión de quitarse la vida, pues no sabemos como fue ese instante final, antes de cruzar el puente que separa esta vida con la eterna.
 
El evangelio de hoy, nos llena de esperanza. Porque muchos pensamientos corren como por el cauce de un río, alentándonos a dejar todo aquí, pues después no hay nada, que la vida termina aquí, que después hay vacío, nada, sin sentido… Jesús hoy nos dice que creer en él nos hace eternos, porque comenzamos a trascender nuestra historia de carne y hueso, para adentrarnos en la inmensidad de Dios, que nos hace eternos, felices para siempre.

Por eso, el recuerdo de nuestros hermanos que ya pasaron el umbral, nos “recuerda” también nuestro destino, y ese destino, nos “recuerda” nuestro presente, pues nos enseña a vivir de otra manera, nos tranquiliza el alma sabiendo que hay Vida después de la vida, que vale la pena jugarse por dejar un mundo mejor cuando nos vamos, que creer en Él nos hace niños, jóvenes y adultos distintos, que se nos pinta una sonrisa en la cara y la vida tiene el color de esperanza.

Hoy, nosotros que somos la Iglesia peregrina, podemos acercar una flor o una vela  a la tumba del ser querido, mirar una foto y lamentarnos por su partida lejana o cercana…está bien. Pero esa flor se desarmará en pocos días la vela se consumirá. Así que a la par, bueno sería aportar  flores espirituales que seguramente le harán mejor: oración, misas, obras de caridad y misericordia, tener gestos de bondad, ayuno de algo que nos guste. y arrimar velas que alumbren la vida de los demás, enseñando al que no sabe, corrigiendo al que yerra, siendo justos hasta en lo más mínimo. Nosotros, cuando no estemos, seguramente desearemos que otros lo hagan por nosotros.

Por tanto hoy será un día de recuerdos, y también un día de oración, de caridad, de misericordia, en definitiva, de flores que no marchitan por amor a los que se fueron y que están unidos a nosotros por la Comunión de los santos.
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