jueves, 15 de noviembre de 2012

Lucas 17,20-25.


Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente, 
y no se podrá decir: 'Está aquí' o 'Está allí'. Porque el Reino de Dios está entre ustedes".
Jesús dijo después a sus discípulos: "Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo verán.
Les dirán: 'Está aquí' o 'Está allí', pero no corran a buscarlo.
Como el relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre cuando llegue su Día.
Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación.

Hay noticias que a veces sacuden nuestra modorra y nos dejan pegados al televisor o a la radio, los diarios aumentan su tiraje por un día. Noticias generalmente trágicas, de muertes, fenómenos naturales, o de grandes triunfos, que generalmente llegan de lo deportivos. En algunas, nos sumimos en una consternación profunda, en otras en un éxtasis que perdura uno, dos, tres días… son noticias de esas que nos conmueven y hacia donde va la prensa. Seguramente, mañana ya no será nada. Y la dinámica de la vida, hace que aparezca otra y otra información que tape aquella, y perdemos el interés por lo que en algún momento atrajo nuestra atención.
Quizás una gran noticia sería: ¡LLEGA EL REINO DE DIOS!... y la bajada de línea sería: en una nave extraordinaria, bajó del cielo, Jesús con un ejército de ángeles ataviados con vestiduras blancas, radiantes y hermosos, y cada uno tomó posesión de zonas previamente analizadas…etc,etc… sería algo impactante, y todos nuestros ojos, nuestra inteligencia y nuestro corazón, se comería cada detalle y correríamos a los lugares determinados buscando a los “conquistadores de espacios”…

Pero no.

El Reino de los cielos está entre ustedes, dice el Señor. Desde su venida, y más desde su resurrección cuando se quedó con nosotros hasta el fin de los tiempos, ha irrumpido en nuestra historia humana y se ha quedado definitivamente.
El tema es que si bien está entre nosotros, para que sea realidad, tiene que estar dentro de nosotros. Es como un aire al que si queremos, podemos respirar y si no, evitar. Pero es un aire que nos da paz y gozo, gratuito, para todos, solo basta abrir el corazón (porque se aspira por ahí), y dejar que penetre en nuestro ser total, inteligencia, razón, voluntad.

Algunos lo respiramos, pero otros, muchos, no. Y será cuestión nuestra dar testimonio de las ventajas que es abrir el corazón de esta manera, porque cuando el reino de Dios vive en nosotros, nos hace felices, pacíficos, serenos, alegres, graciosos (llenos de gracia), bellos. Que podamos repetirles a todos aquella frase del Señor: el que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él.” (Jn 14,23), qué magnífica expresión que refleja tan delicado, exclusivo y personal amor.



Hace falta que el reino de los Cielos llegue al corazón de cada hombre y mujer. Si ya ha llegado al nuestro, ojalá que procuremos que llegue al corazón de los que nos rodean, dando testimonio, rezando por ellos, hablándoles a Dios de aquel o aquella como buen candidato a poner el corazón para que Jesús, su Padre y su Reino hagan morada en ellos. Somos las manos, los pies, los labios de Jesús. Ojalá que podamos ayudarlo a instaurar su reino, en el corazón de la humanidad.

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