jueves, 22 de noviembre de 2012

Lucas 19,41-44.


Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, 
diciendo: "¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes.
Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios".

Parece que fue escrita ayer esta cita del Evangelio. Jerusalén sigue sitiada, Israel en estos momentos, sufre de nuevo por la intolerancia y egoísmo de gobernante de ambas partes que creen tener la verdad, que se sienten los únicos con derechos, que alientan a sus pueblos a tomar a todos los del otro país, como enemigos a los que hay que destruir incluso inmolándose en nombre de un dios que no es de la vida.

Y Jesús llora por su tierra, porque era parte de ella. Porque la amaba, porque había aprendido su historia, porque en ella tenía a su madre, a sus parientes, porque de ella, había extraído la madera noble y perfumada con que hacía cada uno de sus muebles , porque Jerusalén era la madre de las ciudades, era el centro de todo, era el orgullo nacional, era la “niña de sus ojos”.



¿Qué haría Jesús si hoy vería desde el umbral de entrada, nuestras ciudades, nuestro país? Habiéndonos dado todo, diversidad de climas, diversidad de geografías, lluvias benditas, sol puntual, noches maravillosas, lagos únicos, paisajes de ensueños… y nosotros hacemos todo lo posible por destruirlos, por dejar nuestra huella, por ambiciones excesivas, por desmontes irracionales, por el uso de aerosoles nocivos…


¿Qué haría Jesús si hoy vería desde el umbral de entrada, nuestra vida?... cuantos dones que nos ha regalado, cuantas “cien monedas de plata” nos ha dado, cuantos mimos nos ha hecho, cuanto ha estado velando por nosotros, y muchas veces , como dice el Evangelio, “no hemos sabido reconocer el tiempo en que fuimos visitados por Dios”, despreciando su presencia, viviendo como si no existiera el Dios de la vida, como si no nos importara su amor, y lo hacemos hasta despreciando al Dios vivo que vive en cada uno de nuestros hermanos. ¡Cuantos cuidados, y nosotros cuantas traiciones a su amor…!

Ojalá que intentemos no ser causa de las lágrimas de Jesús pidiéndole también nosotros, perdón por nuestras infidelidades a su amor.
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