miércoles, 20 de febrero de 2013

SIGNOS Lucas 11,29-32.


Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: "Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. 
Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.
El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.
El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.

Signos, algo que nos diga que Dios existe, que Dios nos ama, que Dios está. Algo que nos exprese la fuerza de su poder. Necesitamos en este mundo agnóstico, pruebas contundentes, realidades. El ser humano busca materializaciones, no se apoya en la fe, la fe no es para la urgencia de este tiempo, para el día a día, donde se necesita todo para ya… triste realidad  la nuestra. Vivir así, nos acorta la vida, no nos permite gozar el presente, y la vida se nos va, reclamando pruebas concretas de que Dios existe. Y le achacamos a Dios todos nuestros errores: ¿Por qué hay hambre en el mundo? ¿Por qué el mal parece que triunfa? ¿Por qué  Dios desatendió nuestros ruegos? ¿Por qué aquel accidente terrible?...

En el año 1961, Yuri Gagarín, ruso, fue el primer astronauta en llegar al espacio. Su cohete espacial llamado Vostok 1 fue el primero. Su vuelo tuvo un tiempo de 108 minutos en total y nueve minutos para entrar en órbita terrestre. La historia nos dice que estando ahí comunicado por radio con la tierra, dijo dos frases: “la tierra es azul”, y “aquí no veo a ningún Dios”.
Tanto a él, como a nosotros, se nos puede pasar el “detalle”: todo nos habla de Dios. Todo el universo del cual solo una pequeñita parte, él, podía apreciar, le hablaba de un Dios que mantiene cada punto en su lugar. Todo lo que nos rodea, nos habla de un Dios providente que nos sostiene en su mano. Quizás sea tan grande su mano que creamos que es un desierto.

¡tantos signos que pedimos de su existencia y de su amor!. Solamente basta sacarnos la venda de los ojos, esa que nos la puso el mundo, para apreciar y gozar de su amor en cada flor, en cada persona que nos rodea, en cada corazón abierto, en cada pequeña porción de naturaleza.  Es como una caricia habitual, y que se mezcla como el aire en nuestros pulmones, aire que difícilmente apreciemos por la habitualidad de tenerlo. Es como si todos los días pediríamos ¡Aire!, mientras respiramos normalmente.
 
¿cuánto más deberá hacer Jesús para convencernos de su amor? Signos nos ha dado de a montones. Solo debemos sacarnos la venda de los ojos y estar atentos, pues ese amor nos sorprenderá todos los días con algo distinto.
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