viernes, 29 de marzo de 2013

VIERNES SANTO


 Meditemos juntos este :QUINTO MISTERIO DE DOLOR:  La crucifixión y muerte de nuestro Señor

 Llegaron hasta el punto cumbre. Por momento habrá mirado la ciudad, desde ahí, con mucho dolor. Ya no la volvería a ver, así, como estaba.
Lo tiraron sobre el piso con el madero horizontal.


Los clavos no se introducían en las palmas de las manos porque éstas no habrían soportado el peso del cuerpo. Se colocaba el clavo en el pulso donde un conglomerado de huesos permitía sostener un peso grande.
Cuando las muñecas de Jesús quedaron sujetas al palo horizontal, lo alzaron y ensamblaron sobre la estaca vertical. Una vez así colgado, le clavaron los pies. La operación era tan sencilla que bastaba un solo golpe de martillo. Pero el dolor que provocaba era terrible.

Así, el tiempo que duraba la vida de un crucificado dependía de cuánto resistía en esta tarea de levantarse para respirar y volverse a abatir. Por eso, cuando se quería que un condenado muriera rápidamente, le quebraban las piernas.
Para respirar, debía apoyarse sobre los pies clavados, elevarse, y respirar, pues sus pulmones, a esta altura, estaban llenos de sangre. Estaba ahogado. Cuando querían acelerar la muerte del reo, le quebraban las piernas, así ya no podían elevarse para respirar.  A Jesús no hizo falta.
Era alrededor del mediodía cuando lo izaron, eran las tres de la tarde que aquel viernes cuando murió. Por eso todos los viernes de nuestra vida, a las tres de la tarde ,  en el lugar donde nos encontremos, con las diferencias horarias que hubiere, siempre será para nosotros, la hora de la mayor ofrenda de Amor de la historia.
Él, nos dijo hasta el final que nos amaba. ¿Qué más sacrificio debía hacer para demostrarnos? Ahí está colgado injustamente en una cruz, entregando literalmente su última gota de sangre, esa que salió mezclada con líquido de sus pulmones ahogados .
Nos interpela en lo que nos da y nosotros despreciamos. Nos interpela en nuestra capacidad de amar, nos interpela en nuestra entrega, nos interpela en nuestra forma de amar. Nos interpela en nuestra capacidad de agradecer por esto que hizo por nosotros.
No quedan palabras. Ya está jugada la última carta. Jesús, a las tres de la tarde, dio su vida ( no se la quitaron), por vos por mi, por mis hijos, por los que vendrán, por los que ya pasaron.
Mira a la cruz, esa es mi más grande prueba…parece decirnos.
Gracias Jesús. no alcanzan las palabras para decirlo,  pero gracias. Por tu muerte tengo vida, por tu muerte tengo felicidad para toda la vida,¡ que paradoja!. Nosotros a veces no apreciamos tu sacrificio y seguimos luchando solos, y enterrándonos en nuestro pecado. Seguimos con nuestras mismas pequeñeces, con nuestros egoísmos y disputas personales, de poder, de dinero, de armas…y verte a vos clavado en una cruz, vos que no hiciste nada mal, que fuiste puro amor, que  entregaste todo,todo…¡Qué injusto que somos! Quizás podríamos decir como aquel verso :

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 No olvidemos que Jesús murió con los brazos abiertos, ¿Por qué quedarnos con los brazos cruzados? Que Jesús, con los brazos abiertos espera para abrazarnos y decirnos cuanto nos ama. Que tiene un lugar (detrás) para que también nosotros subamos a esa cruz, y le ayudemos a cambiar el mundo, y ese cambiar el mundo comienza por uno mismo.

Que este quinto misterio de dolor La Crucifixión y muerte de nuestro Señor, tengamos la certeza, de que también, María a la que invocamos en cada Ave María, estará firme al pie de nuestras cruces, dándonos fuerzas para no decaer, porque después de cada cruz, hay resurrección.



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