viernes, 10 de mayo de 2013

Juan 16,20-23a.


En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo.
La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura se olvida de las angustias por su alegría tan grande; piensen: ¡un ser humano ha venido al mundo!
Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo.
Cuando llegue ese día ya no tendrán que preguntarme nada. En verdad les digo que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se lo concederá.




Los apóstoles que compartieron sus días con Jesús, sentían un gran vacío en el alma por el próximo alejamiento de su amigo, líder, hermano. Les estaba diciendo que se iba aunque ellos no entendían bien como y jamás imaginaron los sucesos posteriores que culminaron con la flagelación y muerte de Jesús. Sentían que se estaba despidiendo, y entre dolor y angustia, escuchaban estas palabras que tuvieron la dimensión real, una vez que el Espíritu Santo , tiempo después, le permitió entender.

Es el vacío, la angustia, el dolor por lo que vendrá. Algunos habrán reaccionado con fortaleza, otros con decepción, pero Jesús los consuela y les comprara con el maravilloso momento del parto, que si hoy trae tantas angustias propias y ajenas, en aquel tiempo, con los medios existentes, con el personal que lo hacía, con los pocos elementos de cuidado e higiene que habían, debe haber sido mucho peor. Pero les ayuda a pensar en ese momento de alegría posterior, aunque la angustia que pasarían ellos sería solo de espectadores y nunca de protagonistas como iba a ser Él.

¡Cuántos momentos de angustia, de soledad, de tristeza pasamos nosotros! Momentos de “silencio de Dios” en que parece que no nos escucha, momentos en que tapamos el sol con las manos, pero no porque el sol deja de alumbrar e iluminar sino que nosotros nos tapamos, nos escondemos de la luz…momentos, solo momentos.
Siempre que llovió, paró dice el refrán, y Jesús hoy nos dice que siempre después de cada noche llega el amanecer, después del parto doloroso, llega el llanto dichoso del bebé que conmueve las entrañas de todos, siempre después del dolor, llega la paz, después de la angustia llega la serenidad.

Quizás a alguno, por el mismo hecho de sentirse lejos, de haber tapado el sol con las manos, le pique un poco en el alma esa necesidad de volver a Dios ¡tantas veces que nos fuimos, que nos alejamos! Momentos de “paso”, de nacer de nuevo de confiar en la misericordia de Dios, de acercarme aunque tímidamente a una iglesia para hablar con Él, en definitiva, de abrirle un poquitito nomás la puerta al Señor para que pueda entrar, y ¿Él? No se hace el distraído y aprovecha la oportunidad.

Quizás nos demos cuenta cuánto nos cuesta las cosas, cuanto nos debemos esforzar, para que, siendo honrados y virtuosos, nos vaya “bien” en la vida, cuánto nos cuesta el estudio para poder rendir, cuanto nos cuesta dejar amistades que no nos convienen para nuestra vida de gracia, cuanto nos cuesta dejar vicios enraizados en nuestra vida, cuanto nos cuesta aprender a confiar en alguien, pero ¿saben qué?, lo que cuesta vale, …nueve meses, dolores de espaldas, acidez, incomodidad, cambio de rutinas, cambios hormonales, cambios de ritmos bruscos, dejar de fumar, miedo al momento del parto, etc etc…no tienen punto de comparación con sentir el llanto primero del bebé que llega al mundo ¡cuánta bendición, cuánto amor de Dios que sigue confiando en el ser humano! En eso las mujeres nos pueden dar cátedra.

Cuando sintamos esos momentos de dolor, pensemos en el gozo del después, en el gozo de estar con Él, en el gozo maravilloso cuando comulgamos y sentimos a Él hacerse parte de nuestra vida. Y Cuando estemos en la mala, pensemos en ese pan blanco de la casa del padre y no nos quedará otra que comenzar a volver a la casa de Papá.
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