jueves, 23 de mayo de 2013

Mc 9, 41-50


Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo. Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar. Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Porque cada uno será salado por el fuego. La sal es una cosa excelente, pero si se vuelve insípida, ¿con qué la volverán a salar? Que haya sal en ustedes mismos y vivan en paz unos con otros.

Siguiendo con el Evangelio de San Marcos, hoy nos encontramos con esta definición radical de Jesús: cuanto tengas que te haga daño, y que te impida ser feliz, ya aquí en la tierra, es mejor cortarlo, arrancarlo de cuajo, para no sufrir las consecuencias dentro de poco o mucho tiempo.

Esa metáfora de cortarse las manos o los pies o arrancarse los ojos, tienen mucho que ver con la actitud  interior , esa que no se ve, que nadie descubre, pero que cada uno sabe. Porque de que vale cortarse la mano o el pie, si nuestros pensamientos vuelan indefinidamente hacia el mal, de que vale arrancarnos los ojos para no ver, si nuestra mente sigue generando visiones de mal.

De que nos serviría arrancarnos la lengua, si con nuestro corazón seguimos deseando el mal, o “hablando” mal de alguien o calumniando o blasfemando.

Es entonces la necesidad de desprendernos  de todo lo que anida en el corazón y que nos hace mal, y en esto entra también  aquello que nos llene de desesperanza, de bronca hacia los demás o de odio, o de ansia de venganza.

Desprendernos de lo que alimenta el lobo interior que busca,  agazapado salir algún día, desprendernos de comentarios irónicos o de burla hacia la Iglesia, desprendernos de cuentos con doble sentido que terminan mellando nuestra voluntad, desprendernos de conversaciones estériles, de discusiones  huecas que no llevan a nada, a veces a no dormir tranquilo a sentirnos que nos han “ganado” a sentir nuestro orgullo lastimado.

A desprendernos del ansia de poder o de querer ganar siempre una discusión. ¡cuántas parejas lamentablemente  hacen de sus días, luchas de poder, para ver quién gana, quien tiene la razón, quien tiene la última palabra!



Desprendernos de esas series de televisión que nos debilitan en nuestros valores morales, que nos hacen despreciar la fidelidad, el amor, la vida, la familia.

Desprendernos de lecturas que , al no tener una fe consciente y creciente, nos hacen tambalear aquello que hemos  adquirido como formación espiritual.

Desprendernos de diversiones, de fiestas, de festejos, que no nos hacen bien al alma, que la lastiman, que nos hacen volver al hombre o la mujer vieja. hay lugares que no ayudan y que nunca ayudarán a nuestra paz interior.

Desprendernos de aquellos vicios que nos llevan, ahora a nosotros, más adelante a nuestros seres queridos, a un pozo sin retorno, a una espiral de consumo y de violencia a veces.
Desprendernos de todos aquellos que , diciéndose amigos, nos llevan por el camino de la destrucción, sean ellos incluso muy queridos al corazón.

Desprenderse de la desesperanza y de todos sus secuaces: el vivir solo el día porque mañana no sabemos qué pasará, el vivir el hoy porque mañana no existe, el potenciar hasta el grado sumo un acontecimiento después del cual hay desazón, soledad, vacío.

Desprendernos de todo aquello que nos lleva indefectiblemente a  la relación genital en el noviazgo, ( momentos de soledad, de mucha intimidad, caricias excesivas, etc etc… cada uno sabe)  potenciando el diálogo , creciendo juntos, mirando el futuro  de la mano, conociéndose, haciendo un proyecto de vida en común.

¡cuántas cosas de las cuales desprendernos! Casi por una razón de subsistencia y de búsqueda de felicidad, porque no solo esto es necesario para llegar al reino de los cielos, sino que lo es ya para vivir felices  aquí en la tierra.

Quizás sea bueno hacer una lista, anotarla en algún cuaderno ayuda memoria, y comenzar desde hoy, a desprendernos de lo pequeño o mucho que nos saca del camino trazado por Dios, el camino de la felicidad. Somos sal, y si perdemos el sabor , serviremos para poco, solo de relleno.

Por eso Jesús hoy nos desea de corazón: Que haya sal en ustedes mismos y vivan en paz unos con otros.

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