lunes, 3 de junio de 2013

Marcos 12,1-12.

Jesús entonces les dirigió estas parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una casa para el celador. La alquiló después a unos trabajadores y se marchó al extranjero.
A su debido tiempo envió a un sirviente para pedir a los viñadores la parte de los frutos que le correspondían.
Pero ellos lo tomaron, lo apalearon y lo despacharon con las manos vacías.
Envió de nuevo a otro servidor, y a éste lo hirieron en la cabeza y lo insultaron.
Mandó a un tercero, y a éste lo mataron. Y envió a muchos otros, pero a unos los hirieron y a otros los mataron.
Todavía le quedaba uno: ése era su hijo muy querido. Lo mandó por último, pensando: «A mi hijo lo respetarán.»
Pero los viñadores se dijeron entre sí: «Este es el heredero, la viña será para él; matémosle y así nos quedaremos con la propiedad.»
Tomaron al hijo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
Ahora bien, ¿qué va a hacer el dueño de la viña? Vendrá, matará a esos trabajadores y entregará la viña a otros.»
Y Jesús añadió: «¿No han leído el pasaje de la Escritura que dice: La piedra que rechazaron los constructores ha llegado a ser la piedra principal del edificio.
Esta es la obra del Señor, y nos dejó maravillados?»

Los jefes querían apresar a Jesús, pero tuvieron miedo al pueblo; habían entendido muy bien que la parábola se refería a ellos. Lo dejaron allí y se fueron.


Años de espera, años de esperanza en la llegada del Mesías. Mientras tanto, los profetas gritaban: a veces eran escuchados, a veces lo hacían como quien habla en medio del desierto. Muchas veces fueron maltratados, no aceptados, tratados de locos, abandonados… tantos años hasta que llegó Jesús, al que también maltrataron ( o maltratamos), al que mataron, del que se burlaron: parecía que se acababa todo.

 Si ellos consideraban a Jesús un mortal como cualquiera, habían hecho su tarea como corresponde: asesinado de la forma más cruel sacándole hasta las últimas gotas de sangre. Jesús, el nazareno ha muerto, rezaría la noticia necrológica.

Si ellos consideraban ( o le daban el derecho a su duda) que  ese carpintero era Dios, entonces podrían usar aquella famosa frase que muchos después diría el filósofo alemán  Nietzsche “Dios ha muerto”, y aunque no nos detengamos en la intención del filósofo en decir esto, es quizás el sueño de muchos de entonces y el sueño de muchos de ahora: decididamente Dios ha muerto, no hay quien ponga un orden moral, nadie tiene derecho a exigir normas a otros, este mundo es laico, Dios: ¡fuera de nuestras vidas ¡, ya no te necesitamos, nos bastamos solos, nuestra ciencia avanzó tanto que pasaste a ser un opio para pueblos que duermen su progreso y no avanzan gracias a “ese” culto a Dios, queremos hacer un mundo sin leyes divinas, donde nos importe  estar bien entre nosotros, pero, paradójicamente, rechazar a cualquiera que venga sin ser llamado matando inocentes en el seno de sus madres. Queremos hacer un mundo sin Dios.

Pero como en aquel momento y como ahora, la viña sigue siendo del dueño a pesar de que quieren robársela. A nosotros se nos confió la viña, cada uno en su puesto de trabajo, y todo lo que  dejemos de hacer , nadie lo hará por nosotros, no solo en el templo, en la
parroquia, en la Iglesia como institución, sino ahí al lado de otros hermanos que trabajan en la viña, en la oficina, en la calle, en la facultad, en el colectivo yendo al trabajo, en el deporte, en los medios de comunicación social, en la familia con quien comparto día a día, en el almuerzo o en la cena, con papá y mamá, con los hijos o los abuelos…cada uno en su puesto de labor, es responsable de que esta viña produzca y lo haga en abundancia.
Que cada uno pueda revalorizar el rol personal en la vida y en la Iglesia, en la comunidad y en la familia. Que nuestro rostro pueda expresar la presencia de Jesús resucitado, esperanza de un mundo sin amor.


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