viernes, 21 de junio de 2013

Mateo 6,19-23.

No junten tesoros y reservas aquí en la tierra, donde la polilla y el óxido hacen estragos, y donde los ladrones rompen el muro y roban.
Junten tesoros y reservas en el Cielo, donde no hay polilla ni óxido para hacer estragos, y donde no hay ladrones para romper el muro y robar.
Pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.
Tu ojo es la lámpara de tu cuerpo. Si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz; pero si tus ojos están malos, todo tu cuerpo estará en obscuridad.
Y si tu fuente de luz se ha obscurecido, ¡cuánto más tenebrosas serán tus tinieblas!

Nuestro Asesor Financiero, hoy nos da un consejo sabio de donde poner nuestro capital y nuestro ahorro.
Basta con visitar un cementerio para entender lo sabio del consejo. Hay sitios más o menos grandes, enormes, chicos, llenos de mármol por fuera con puertas de bronce y costosas. Dentro, cajones de los más variados y compactos. En otro lado, nichos comunes con flores de plástico que no se renuevan nunca… pero siempre dentro la misma realidad: lo que era un hombre o una mujer en vida. El cementerio nos iguala a todos en lo humano.
Y depende si seguimos ese consejo del Asesor Financiero,  es que podremos sacar nuestros ahorros o no tendremos ninguno para comenzar a vivir nuestra eternidad.


Un sacerdote amigo me decía alguna vez: ¿vos cambiarías 60, 70 100 años por toda la eternidaaaaaaaddddddd?... pronunciando largamente la letra a…
Y no se trata de tener o no dinero, de poseer o no bienes… se trata de donde ponemos el corazón, porque sería sencillo con esto decir: como no poseo bienes ni tengo tesoros en la tierra, listo, me salvo… pero ¿Dónde ponemos el corazón? ¿Dónde enterramos con ellos nuestra vida? ¡que larga lista con que confrontar nuestra realidad!... el poder, el “tener”, trabajo, internet, redes sociales, a veces el estudio, la pereza, el egoísmo, los malos pensamientos, lujuria, las cosas materiales, un equipo de fútbol que nos ciega la vista y la razón…

Pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Y cuando nuestro corazón está en el Señor, y con el Señor, hay un brillo especial en nuestros ojos que refleja nuestra alma contenta y serena. Solo basta recordar esos días que la gracia de Dios inundó nuestra vida y nos hizo felices, livianos y en paz. Nuestra mirada fue distinta pues parece que cuando metemos nuestra vida en tantas cosas humanas y terrenas, el brillo va hacia ellas y no sale al exterior. Cuando nuestra vida está en sintonía con Dios, el brillo alumbra, ilumina, es vida para los demás.


Ojalá que nuestros ojos reflejen siempre la gracia de Dios, que se aprovecha de ellos para iluminar nuestra realidad.
Publicar un comentario