miércoles, 26 de junio de 2013

Mateo 7,15-20.

Cuídense de los falsos profetas: se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son lobos feroces.
Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecha rían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos?Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos.
Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos.
Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego.
Por lo tanto, ustedes los reconocerán por sus obras.

Hay días en que reconocemos fácilmente quienes son los  verdaderos profetas del bien y quienes los del mal. Hay algo en nosotros que nos ayuda a reconocerlos. Para esto también ayuda la Gracia de Dios que nos permite diferenciar con más exactitud, el bien del mal.

Hay otros días que nos cuesta darnos cuenta.

Los profetas de aquel entonces, se cubrían con piel de oveja y Jesús les advierte ( y nos advierte) de aquellos que cubiertos con esas pieles, actúan con bajos instintos y de mala fe.

¿Cómo darnos cuenta?  Si esos profetas o los profetas actuales, aquellos a los que uno cree, que muchas veces llegan por una pantalla de televisión, que entran en nuestros hogares sin permiso, que le damos un sector de privilegio en nuestros almuerzos o cenas familiares y a veces son más escuchados que cualquier integrante de la familia que, sentado en una silla del comedor, espera su “turno” para poder decir lo que le pasa, si esos profetas promueven, división en vez de unión, violencia en vez de paz, promueven la mentira o el engaño o la infidelidad, si promueven familias ligth sin compromisos serios, promueven la liberación sin límites de la sexualidad o en consumo de sustancias de muerte…profetas que promueven el “todo lo hacen”, y nunca el “vale la pena, esfuérzate por alcanzar tus sueños, sacrifícate para conseguir los objetivos”…profetas de la muerte y del aborto que nunca hablan de los derechos del niño que aún no nació…

Son los que nos dejan un mensaje que nos confunde, que ataca veladamente los valores, que nos deja con la conciencia amoratada y que muchas veces nos hacen hacer cosas que no queríamos para “darle el gusto” a esta sociedad de profetas del mal.

De ahí, quizás podamos darnos cuenta quienes son los que quieren nuestro bien y quienes los que nos toman como un número de la sociedad de consumo.

Por eso, hoy más que nunca emerge con fuerza la figura de Jesús como ese profeta del bien, que quiere nuestro bien, que busca nuestro bien, que nos ama, que nunca nos pedirá algo que no podamos hacer, que siempre respetará nuestra libertad pero que nos brindará lo que sea con tal de conquistar nuestro corazón, que quiere para nosotros, algo mucho mejor que nosotros mismos. Alguien que con sus obras nos mostró que quiere nuestra salud física y espiritual y que como corolario, como la gran obra de su vida, nos dejó hasta la última gota de sangre colgado en una cruz, por todos y cada uno de nosotros. Ese profeta, tiene hoy muchos profetas que nos ayudan en nuestra búsqueda del bien.

Ojalá que podamos reconocerlos,  seguir a Jesús y convertirnos también nosotros en sus profetas .
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