martes, 25 de junio de 2013

Mateo 7,6.12-14.

No den lo que es santo a los perros, ni echen sus perlas a los cerdos, pues podrían pisotearlas y después se volverían contra ustedes para destrozarlos.
Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos: ahí está toda la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él.
Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran.

¡Qué bueno sería cuidar un poco más nuestras cosas santas, nuestra vida de gracia, nuestra fe!
 No jugarlas en cualquier esquina, poniéndola en riesgo, buscando la tentación o exponiendo nuestro Templo al riesgo de destruirlo, con hechos, acciones, actitudes, pensamientos.

Un templo, difícilmente lo utilicemos para comprar y vender como un mercado, o para fiestas  “pesadas”, o para campeonatos de fútbol  porque lo respetamos, cuidamos, como un lugar santo de adoración, de encuentro con Jesús, de oración, de recogimiento. Pero a nuestro templo personal, a veces no tratamos de la misma manera, sino que lo exponemos a situaciones de riesgo que solo nosotros conocemos.

Quizás, porque alguna vez atravesamos la puerta estrecha, nos convertimos, cambiamos, giramos 180º nuestra vida, pero a poco de comenzar a transitar el camino, tomamos la vía ancha, la que no tiene límites, la que nos conduce al dolor.

Ahí está la diferencia: porque después de atravesar esa puerta angosta, nos queda el otro camino, estrecho, escabroso.

Es la diferencia entre convertirse y perseverar, la puerta y el camino.

Esa capacidad para estar atentos y vigilantes, es lo que nos hace fuertes ante las dificultades, lo que nos hace vigoroso por lo duro del camino, es lo que nos mantiene despiertos y ávidos a lo “por venir”.  Es el camino que tiene “aéreas de recreación”, para que no nos gane el stress y podamos cada tanto, pararnos a descansar y contemplar el destino.

Sería bueno preguntarnos si ya pasamos por la puerta angosta de la conversión. Y si ya  la atravesamos  que camino estamos siguiendo.

Y una cosa más: en ese camino, hay una forma de convivir con los que nos rodean, con nuestros hermanos, con los otros cristos que caminan la vida conmigo : hacer a ellos lo que quisiéramos que nos hagan a nosotros. Ya no es “no hacer a los demás lo que no quiero que me hagan a mi”, sino el positivo, el creativo, el que mira al otro con amor: si yo quiero tener bendiciones en mi vida, bendigamos a los demás. Si quiero que me cuiden cuando sea anciano, cuidemos ahora a los nuestros, quiero tener una relación buena con mis hijos en el futuro, tengamos una buena relación con nuestros padres ahora…cada uno sabe.

¡Que nuestro día esté lleno de bendiciones!
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