miércoles, 24 de julio de 2013

Mateo 13,1-9.

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. 
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".

En Lucas, nos dice que esa barca era la de Pedro. Hoy también  presenciamos, a un pastor conduciendo esa barca, hablándonos a la manera de Jesús, sencillo, para que lo pueda entender el intelectual y el poco formado, el intuitivo  y el razonador, el místico y el misionero, el conductor y el conducido, el profesor y el alumno, el padre y el hijo. Hoy también un hombre sencillo venido de lejos, nos habla a la manera de Jesús y llega al corazón.

Viéndolo, pienso, si él, un hombre bueno y justo, que con su sonrisa nos conquistó el corazón, logra esto, ¿cuánto habrá logrado el maestro de Nazareth?, con su sonrisa, con su voz potente y clara hablando desde una barca a una multitud , sin micrófonos, llegando a todos con su mirada sin internet, sin celulares, sin ningún medio más que su presencia y su voz y sus milagros que corrieron entre la gente, y cada uno anunciaba con tanta pasión.

Hoy nos compara el corazón con un campo, donde caen las semillas, donde llega la fe. Ese campo es árido, es pedregoso, es espinudo, o es bueno.
Este corazón ¿Cómo está hoy para recibir la palabra?

Árido, o con pavimento a veces, difícil de penetrar, cerrado, escéptico, cuestionador de todo y de todos sin querer llegar a la verdad, cuestionador por el solo hecho de ser “contra”.

Pedregoso, sin espacio para que crezca para abajo la palabra, sin lugar para las raíces ,lleno de cosas superficiales, de ruido, de diversiones . Sin tiempo para meditar y profundizar en su Palabra.

Entre espinas, no le damos tiempo ni lugar para que sedimente en nuestra vida, nos vamos de ahí sin dejar que ella crezca en nosotros. A veces al salir de la Misa, no nos acordamos de que se trataba el evangelio.

O entre tierra buena cuando le dejamos un tiempito en el día para gozarnos con esa Palabra que llega a nuestra  vida, sintiendo que el mismísimo Jesús nos habla, nos bendice con sus parábolas, nos trae paz, nos llena de alegría.


¿Cómo está nuestro corazón…digo, …nuestro terreno?
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