lunes, 9 de septiembre de 2013

Lucas 6, 6-11

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero Él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte ahí en medio. Él, levantándose, se puso allí. Entonces Jesús les dijo: Yo les pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla. Y mirando a todos ellos, le dijo: Extiende tu mano. Él lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.

Una mano derecha seca de un hombre en la sinagoga, en sábado.

La mano derecha, expresa el obrar humano. Jesús restaura en  sábado, la versión original de aquel hombre: sus dos extremidades quedaban sanas como naturalmente debían estar. Esa mano seca, no solo afectaba a aquel hombre sino a toda la comunidad, pues alguien dejaba de hacer lo que debía, como con nuestro pecado, que no solo nos hace mal a nosotros sino que produce un cono de sombra sobre los que están próximos o no tanto.

La mano seca quizás signifique también la poca generosidad, la poca entrega, la tacañería con nuestro tiempo, con nuestro dinero o con nuestros talentos, no poner nada de ello al servicio de la comunidad, dejar de hacer lo que nos toca. Y esto desde cumplir un rol de hijos donde cada uno tiene una pequeña tarea del hogar, pasando por dejar de pagar impuestos, o no colaborar con el sostenimiento de la Iglesia, total, decimos, lo puede hacer otro… en cierta medida, a veces tenemos la mano seca, nos volvemos poco generosos y egoístas.
Jesús quiere sanar esa mano seca.

Y pone esa disyuntiva en los oyentes: les pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla. No se anda con grises: si no
haces el bien entonces,  haces el mal.
Porque podemos hacer miles de exámenes de conciencia con el mal que hicimos, pero a veces ninguno con el bien que dejamos de hacer, y ese bien que dejamos de hacer se convierte en mal. Sonrisas que dejamos de dar, manos secas que no dan a nadie, servicio que no prestamos, compromisos que no asumimos, acompañamiento pastoral que no queremos hacer, oídos que no prestamos, manos generosas que escondemos, asiento en el colectivo que no cedemos, enfermos que no visitamos, abuelos que no reciben nuestra visita…si, no podemos decir que hicimos el mal con ellos, pero dejamos de hacerles el bien.


Que Jesús  cure nuestras manos secas, y que las restituya a su estado original de salud, de dar de servicio, de amar, de extenderla hacia los que nos rodean.

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