viernes, 20 de septiembre de 2013

Lucas 8,1-3.

Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce
y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y
enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes. 

En el paganismo, la mujer era considerada objeto de placer, de mercancía y de trabajo, y, en el judaísmo, estaba marginada y despreciada. No se consideraba válido el testimonio de una mujer. Ningún maestro espiritual se hubiera atrevido a hablar con una de ellas en público, no entraban en las sinagogas, por eso las mujeres no podían adquirir conocimientos religiosos ni participar del culto como los hombres.
 
Jesús, rompe las barreras y fue con ellas, con las que más demostró su independencia respecto de las “ordenes” culturales. Ese respeto lo adquirió de su madre a la que veneraba con todo el corazón, de ella aprendió, no los fundamentos religiosos,  sino esa filosofía callejera que lo hizo estar tan cerca de las gentes y sus dolores. La sensibilidad de Jesús hacia el dolor y el desprecio a la mujer, tienen su cuna en las sabias palabras  de tardes compartidas  de “mate y bollo” con su mamá.

Y a ellas elige como testigos de esos momentos culmines de su tarea en la tierra: la flagelación, la muerte y la resurrección. A ellas se apareció primero, y ellas fueron las testigos delante de sus hermanos del cumplimiento de la promesa, rompiendo con esa barrera infranqueable de que el testimonio de una mujer no era válido.

Hoy las vemos acompañando a Jesús, a la misma altura que sus apóstoles. Ellas también eras discípulas que seguían, servían y subían con Él a Jerusalén o sea que seguían su camino día a día, las 24 horas, dejándolo todo. Si, discípulas de tiempo completo. Qué bueno hubiese sido que la tradición de la Iglesia, ponga siempre a la misma altura a las mujeres que a los varones, discípulos ellos, discípulas ellas. Parece que el seguimiento por parte de los hombres tuviese mayor valor, o fuese más eficaz. Quizás algún  día la Iglesia, que es santa y que supo siempre valorar y elevar a la mujer en su dignidad de hija de Dios y ponerla a la altura del varón  en cuanto a sus derechos sociales, pueda igualar a varones y mujeres también sacramentalmente dentro de sus paredes.

¿Dios es varón o mujer? A veces lo imaginamos como un viejito bueno de larga barba, varón por supuesto, pero a mi entender tiene más cosas de madre que de padre. Nos hizo a semejanza suya o sea que varones y mujeres somos imagen y semejanza de Él. Y es más fácil que las cosas de Dios entren por el corazón y luego lleguen a la razón que al revés, por eso las mujeres nos llevan cierta ventaja al momento de aceptar el mensaje, de captar la Buena Nueva del Señor.
Ellas son las testigos primeras de la resurrección de Jesús aún hoy.

Que Dios cuide nuestras mujeres, que ayude a las mamás, a las hermanas, a la esposa, a las hijas, a las maestras y profesoras, a las profesionales que luchan palmo a palmo por construir un mundo más justo y bueno, que proteja a las que leen este evangelio, y también a las que como las mujeres de la cita diaria,  se fueron siguiendo las huellas de Jesús y están en permanente peligro por ataques , violaciones, muertes, acosos, burlas y desprecios en sociedades machistas que no tienen nada que ver con el plan de Dios




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