miércoles, 25 de septiembre de 2013

Lucas 9,1-6.

Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. 
Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos,
diciéndoles: "No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno.
Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir.
Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos".
Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes. 



Cada grupo o movimiento de renovación de la época de Jesús, sean zelotes, fariseos, esenios, tenían sus propios misioneros que llevaban cada uno su alforja y su dinero para la comida. Jesús los envía sin nada, esperando que ellos crean firmemente en la providencia divina y en la hospitalidad de la gente que los reciba, gracias también en parte a los dones y simpatía que porten para anunciar la Buena Nueva. Porque por más Buena Nueva que lleven, si es con cara larga, amargada, retando a todo el mundo, imponiendo y no exponiendo las ideas, de seguro que no tendrían casa que los acoja.

Entonces es que Jesús les pide que confíen en la providencia, y que sean astutos para llevar el mensaje, que sean ingeniosos, creativos, que hagan el mensaje claro y sencillo, adaptado a la gente y no ideal o de otra época o lleno de citas de libros y autores famosos que no sirven mucho para “entrar” con el mensaje.  Jesús les pide que agudicen la empatía con la gente, que se sientan como uno de ellos, o como el Papa Francisco les dijo a sus sacerdotes: pastores con olor a oveja y no intermediarios o gestores de la gracia.

Este mensaje del evangelio es para todos a los que de una u otra manera nos considera sus apóstoles, enviados a la realidad que nos toca vivir. El sacerdote, no se sienta en la oficina con mis compañeros, no va a la facultad  a la clase de tal profesor que siente  odio hacia la religión católica y sus curas, no está en el estadio al lado del muchacho que fuma un “porro” y que se destruye la vida poco a poco, no se mete en la política ni en entidades intermedias ni en asociaciones de padres de familia, el sacerdote puede hablar con nuestros hijos como director espiritual,
pero no como papá o mamá que los conoce desde el nacimiento, nosotros estamos metidos en la trinchera de la vida para desde dentro cambiar la realidad … esa es tarea de los laicos a los que se nos envía “como ovejas en medio de lobos”, a conquistar el corazón de la gente y de la humanidad toda para el Señor.
Será cuestión de confiar en su providencia cuando “vayamos” a cada lugar de nuestra vida donde pasemos largas horas del día. Será cuestión de ser astutos y creativos para hacer siempre nuevo el Mensaje que de por sí, parece escrito ayer para nosotros, para los que vinieron antes que nosotros y para los que vendrán. El Espíritu Santo sopla y nos ayuda, destraba nuestras lenguas, abre nuestra inteligencia, nos da fortaleza y nos hace decir y hacer cosas impensadas.

La crónica dirá:

Fueron entonces de pueblo en pueblo, de oficina en oficina, de aula en aula, de joven en joven, de padre en padre, de ciudad en ciudad,  anunciando la Buena Noticia .   Hoy somos esos doce que el Señor envía a nuestra realidad de todos los días.
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