sábado, 19 de octubre de 2013

Lucas 12,8-12.

Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. 
Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios.
Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.
Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir,
porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir".


Tanto amor derramado por Dios en el mundo. Hasta su hijo entregado en la cruz por todos nosotros, y por cada uno de nosotros. A veces en el montón, no se  cuantifica bien eso de “entregarse por nosotros”, pero cuando pensamos: lo hizo por mí, todo adquiere una importancia mayor.
Tantas curaciones , tanta mano sobre personas enfermas, tanto amor que ampara que protege que defiende del que injustamente juzga y condena… tanto en aquel tiempo en que Jesús  camina hacia Jerusalén como hoy cuando ya resucitado, camina en medio nuestro, a un costado y a otro,  arriba  y abajo, ¿Cómo no reconocerlo delante de los hombres?

Cuanto nos cuesta decir que nuestra felicidad se basa en la paz del alma que da la gracia de Dios.

Cuanto nos cuesta decir que Jesús tiene la salvación para tantas personas atormentadas y angustiadas por la falta de esperanza.

Cuanto nos cuesta  buscar la verdad en Él y no dejarnos llevar por tantas verdades parciales de un noticiero u otro, de una voz o de otra.

Cuanto nos cuesta decir que esto que soy es lo que soy por Jesús que vive en mi. Prediquen  siempre el Evangelio y, si fuese necesario, también con palabras, decía san Francisco a sus frailes.

A veces para “entrar” para ser  parte de un grupo, para no quedar afuera, optamos por sacarnos el “traje de cristianos”, negando con nuestra vida al Jesús que nos ama, a veces en la oficina, en el trabajo, en la diversión, en el estadio de futbol como hinchas o como protagonistas, incluso tratando mal a hermanos donde vive Jesús, cuyo espíritu es parte también del espíritu santo, es parte de la comunión de los santos que formamos todos.

Cuantos después de haber vivido una experiencia fuerte a través de un retiro o convivencia, perseveran un mes dos meses, y vuelven q caer tentados por el mundo, por el “no vale la pena”,  dejándose llevar por el encanto de la seducción a la que no saben poner freno.
 
 ¿no estamos hablando mal del espíritu profético de Jesús? Al negarlo, negamos la fuerza del espíritu que actúa en nosotros en momentos de prueba, en momentos de “tribunales mundanos” que nos ponen en jaque y quieren matar nuestro rey, el que vive en la vida de cada uno: Jesús.

Quizás haga falta enamorarnos más de Jesús, quizás haga falta saberlo nuestro, darnos cuenta que siempre está, que Él obra por nosotros, que somos esos setenta y dos que mandó como punta de lanza a abrir caminos, no a cerrarlos.



Que seamos nosotros los que reconocen a Jesús delante de los hombres, que aunque nuestra voz calle, nuestros ojos, nuestra vida nuestra sonrisa, grite la presencia de un Dios Vivo que nos ama y busca ansiosamente  al hermano que está a mi lado para mostrarle también su amor. No podemos callar lo que hemos visto y oído como decían los apóstoles en Hch 4,20.
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