martes, 29 de octubre de 2013

Lucas 13,18-21.

Jesús dijo entonces: "¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? 
Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas".
Dijo también: "¿Con qué podré comparar el Reino de Dios?
Se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa".



El grano de mostaza tiene la característica  de su pequeñez.  La parábola nos refiere a dos momentos de la vida de esta semilla: cuando se entierra, modesta, sencilla, pasa desapercibida en medio de tanta tierra, y la planta final, enorme, provechosa, llena de ramas y hojas que da sombra y cobijo.

En muchos casos así entró la vida de Cristo en nuestra historia: pequeña, una palabra por aquí, un mensaje por allá, un encuentro, una circunstancia especial, algo insignificante, a la noche pensamos, la almohada fue nuestra confidente, quedó flotando esa frase, esa respuesta dada cuando ya perdía esperanzas en encontrarla, y fue una semilla pequeña sembrada en el corazón. Ahora crece, y se hace arbusto donde los demás pueden descansar, de donde los demás pueden obtener bienes, sabiduría, gracia.

Por eso, todo lo que podamos hacer para sembrar esa pequeña semilla del reino de Dios, se convertirá en una planta en los demás. Una frase, ayudar en algún encuentro, una canción , un mensaje de facebook, ¡tanto hace en la vida de los demás!. ¿ Porque no hacer una “Acción poética” cristiana,  poniendo frases de la Palabra que son tan actuales y llegan a la profundidad del corazón y no tanto a la superficialidad de la piel?.  Por pequeña se sea nuestra acción, por la fuerza del Espíritu Santo, se convertirá en algo poderoso y eficaz, que llega hasta la médula y más adentro aún, llega al corazón, llega a la razón y Dios la hace germinar.

Y dice que el Reino es como un poco de levadura que se pone en la masa. En la cultura hebrea, la levadura era considerada un factor de corrupción, hasta el punto que se
eliminaba en las casas para no contaminar la fiesta de Pascua, que justamente empezaba la semana de los ázimos. Pero nos damos cuenta de la fuerza que tiene la levadura en sí misma, siendo poca eleva la masa, se mezcla casi sin darse cuenta, tiene el mismo color o similar, y una pequeña cantidad sirve de mucho.

Así como hay levaduras corruptas y malas, levaduras del odio que destruyen y llenan de cizañas las relaciones, así como hay levaduras  nefastas que contaminan el corazón de nuestros jóvenes, con drogas, o metiéndoles ideas de muerte o de falta de esperanza, así como esas levaduras hay por todos lados, no podemos, no debemos,  dejar de ser levaduras buenas que eleven la masa que la hagan mejor, que las dignifiquen, que les enseñe, que les llene de gracia de Dios. Todo lo que no hacemos nosotros, lo hacen los  “otros”,  aquellos que ponen su levadura para el mal.

Y en esto estamos todos obligados. Ya no entra eso de si puedo lo hago, si tengo ganas, como si todo pasara por el “quiero hacerlo”. Nuestra obligación como seres humanos que quieren el bien de los demás será ser levadura de la buena.
Y eso, ya sabemos, lo podemos hacer con poco incluso siendo pocos. La levadura es mínima y sin embargo leva la masa, la semilla de mostaza es muy pequeña y sin embargo se convierte en arbusto enorme.


Pidamos al buen Dios, la gracia de no callar nunca lo que hemos visto y oído. Pidamos ser levadura que fermenta la masa para Dios, pidamos la fortaleza de un grano de mostaza que pequeñita, se convierte en gigante que sirve para los demás.
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