jueves, 21 de noviembre de 2013

Lucas 19,41-44.

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, 
diciendo: "¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes.


Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios".

Llora por Jerusalén.  Después de un largo recorrido, llega a Jerusalén donde le espera la entrega y la resurrección. Es el final del camino aunque todavía queda para rato, pero aquí quería llegar, al centro del mundo. Jerusalén es la ciudad donde finaliza sus tres años de bendiciones, sanaciones, homilías, tres años preparando a sus muchachos. Humanamente habrá pensado: ¿habré hecho todo lo que tenía que hacer? ¿Habrán guardado en su memoria las palabras dichas? ( el Espíritu Santo después les haría comprender y justipreciar esas Palabras)… ¿habré elegido bien a los que continuarán con esto? Treinta y un poco más de años en el taller, y tres años, solo tres años, predicando y dándose a conocer … y eso metido entre tantos años de preparación antes que Él, desde los primeros tiempos, y tantos años después hasta llegar a nuestros días…
Miró la ciudad, y lloró por ella. La veía distante, en otra cosa, sin Dios. La veía encerrada en sí misma, con gente que caminaba de un lado para otro sin mirarse , sin saludarse, gritándose unos a otros, ensimismados en sus negocios. ¿De Dios? ni hablemos, solo en las fiestas y con mucho esfuerzo. Una ciudad que no ha reconocido el tiempo ni la visita de
Dios como Él dijo…¿está hablando de Jerusalén o de nuestras ciudades? ¿De nuestras familias? ¿De nosotros? Una ciudad, un pueblo, una familia, una persona… que no ha reconocido el tiempo ni la visita de Dios.

Como a los discípulos de Emaús, a nosotros en algún momento de la vida, se nos abrieron los ojos y comenzamos a ver con los ojos del alma, que nos permite ver con claridad el Plan de Dios, los signos de los tiempos. Eso nos debe hacer salir del encierro, mirar a los que están al lado, sonreír, reconocer con nuestra vida, el tiempo de Dios, la visita de Dios en el corazón.

No habrán ciudades nuevas sin hombres y mujeres nuevos, que se hagan notar como renovados en el amor. Si nos quedamos callados, si entramos en el “silencio de los buenos”, tampoco nuestras ciudades reconocerán el tiempo ni la visita de Dios… salgan fuera y HAGAN LÍO, nos decía el Papa Francisco. Y si no tenemos fuerza para llegar a nuestra ciudad, por lo menos en mi barrio, parroquia, centro vecinal…ojalá que todos se contagien de nuestra “locura”, se saquen auriculares, se saquen las orejeras con que caminan todo el día pensando solo en ellos y sus problemas, y podamos entre todos reconocer la presencia del amor de Dios en cada rincón, que nos prodiga el aire limpio y fresco de la mañana, la naturaleza hermosa que reverdece en cada primavera, la paz  que en otras regiones del planeta no existe, el agua, tan sencillo como el agua, por la cual ya se pelean en tantos lugares, el sol que bendice, da calor, da vida, la lluvia fresca que alegra el alma…tantas y tantas bendiciones con que Dios nos cubre todos los días del año, sin vacaciones…


Ojalá nosotros podamos reconocer el tiempo de Dios y la visita de Dios. y eso se traduzca en acciones de gracias permanentes al buen Papá y al buen hermano Jesús. ¡Tantas cosas, personas, hechos por qué dar gracias! ¿por cuales?... enumeremos: la vida, los padres, los hermanos, los amigos, el novio, la novia, mi hermosa esposa , los hijos maravillosos, las cosas, la comida diaria, el trabajo para conseguirlo, la voluntad, la inteligencia, mis manos, mis pies,  la salud, haber nacido donde nací, vivir donde vivimos, el aire gratuito que respiramos, el agua, la paz…y así, tenemos para rato…cada uno sabe  como el tiempo de Dios y la visita de Dios atraviesan el alma y la línea del tiempo de la vida.
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