sábado, 2 de noviembre de 2013

Lucas 24, 1–8

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la
vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día’”. Y las mujeres recordaron sus palabras.


Día complicado el de hoy sobre todo si no hace mucho tiempo, experimentamos la partida del ser querido. Pero es un día para recordar, como lo hicieron aquellas mujeres con las palabras de Jesús,  las palabras de aquellos que dejaron huella en nuestro corazón. Para recordar su mirada sus gestos, sus bromas, sus picardías. Y recordando, recordarnos
también la necesidad de rezar por ellos, para que pronto estén en el encuentro definitivo con Jesús.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.

La mejor oración que podemos hacer por nuestros difuntos es la Santa Misa, oración completa si las hay. Nosotros, vivos, que aún podemos, no dudemos en hacerlo por ellos, como seguramente vamos a querer que alguien lo haga por nosotros cuando ya no podamos.

También es un día para pensar en nuestra realidad humana. Algún día, tarde o temprano,  cruzaremos la frontera y dejaremos atrás la vida humana. Ese día llevaremos en nuestras arcas, el tesoro que hayamos depositado en el cielo, nuestras buenas obras, la huella que dejamos para que otros pasen, el amor que hayamos tenido… los títulos, las posesiones, y tantas otras cosas por las que nos esforzamos tanto, quedarán aquí, y muchas veces será alimento de las polillas. Lo que valdrá será nuestras manos callosas de tanto trabajar, nuestro corazón achicado de tanto entregar amor.


Que Dios lleve consigo a nuestros seres queridos, para que también ellos puedan interceder por nosotros. Que la resurrección de Jesús, sea la esperanza para familiares, amigos, y para nosotros mismos, sabiendo que , después de cruzar el umbral, hay  una vida mejor, un destino de grandeza que nos espera y que nos merecemos.
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