viernes, 6 de diciembre de 2013

Mateo 9,27-31.

Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: "Ten piedad de nosotros, Hijo de David". 
Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: "¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?". Ellos le respondieron: "Sí, Señor".
Jesús les tocó los ojos, diciendo: "Que suceda como ustedes han creído".
Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: "¡Cuidado! Que nadie lo sepa".
Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.




A veces escuchamos decir a la gente: ¿Por qué tal mujer no se da cuenta del mal que le hace ese hombre? Es una mujer maltratada que sin embargo, después de los castigos o insultos, recibe el “perdóname“ del agresor “ no lo haré más”, y se repite una vez más y otra y otra…desde afuera decimos: ¿Por qué no se da cuenta, por que no lo abandona? A

veces desde afuera vemos más claramente que desde adentro, sobre todo cuando se está metido en esa disputa entre el amor y el odio. Así también otros casos, vemos mejor desde afuera que desde adentro, y alguna vez quizás recibimos palabras de alguien que nos dice lo que ve desde afuera y que nos hacen bien para darnos cuenta de ciertas cosas.

¡Cuánto nos hace falta que Jesús nos quite las vendas de los ojos en muchas situaciones que no vemos clara!  Que nos diga como a los ciegos aquellos de evangelio: "Que suceda como ustedes han creído", cuando nosotros le pedimos que cure nuestras cegueras.

Pero para eso, necesitamos la fe que es confianza en su amor, en sus cuidados. La fe que es la puerta para la solución a nuestros problemas. Y una fe que a la vez es luz para poder ver con más claridad.

Entonces:
Con la fe gritamos a Jesús: ten piedad de nosotros, de nuestras familias, de nuestros hijos y padres…
Y por la fe, vemos, porque es luz que alumbra los caminos de la vida, sobre todo cuando caminamos en esas “noches sin luna” de nuestra vida, en que todo sale mal, nos sentimos derrotados, cansados, agobiados de tanto luchar.

Palabra clave de hoy: Fe.  Con ella conseguiremos lo que solicitamos al Señor, y con ella vemos, se nos abren los ojos, podemos resolver muchos problemas que sin ella se nos hacen complicados. Solo basta abrirnos al Espíritu y dejar que Él nos llene de su verdad. Este tiempo es propicio para relajarnos un poco de la rutina diaria y pensar, abrir el corazón al llamado de Jesús, atender el teléfono del mismo Señor que nos llama. Este tiempo es el propicio para preparar el corazón a la llegada del niño Dios, un niño que nos trae de nuevo la inocencia y la paz, la verdad y el amor. Este tiempo es necesario para abrirnos a la fe, o para renovar nuestra fe. Ojalá que lo aprovechemos y no que se pase el adviento solo en preparativos de mesas navideñas que excluyen justamente a Jesús.

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